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miércoles, 18 de marzo de 2020

Acompralipsis

Acabo de ir a la compra después de cuatro días encerrado en casa. En estos días, la sociedad checa ha pasado de anunciar el cierre de fronteras para dos días más tarde, de cerrar los restaurantes de ocho de la noche a seis de la mañana y de no permitir las reuniones de más de 30 personas a la situación actual: prohibición de salir de casa sin mascarilla, las compras de 10 a 12 están permitidas sólo a los mayores de 65 años, cierre total de fronteras, horarios reducidos en todo, semi-cuarentena al país entero (salir sólo para lo más imprescindible).

Yo tenía que salir a por pan. O quería salir a por pan. Podría habérmelo cocido en casa, quizá, con harina, bicarbonato, agua y lo que internet me sugiriere. Fui a última hora del día (sobre las 19:45), más que nada porque mientras Lorenzo alumbra, las calles están llenas de familias con niños y sin mascarilla. Y mientras que me alegra mucho ver a las familias pasando tiempo juntas y a los niños poder disfrutar de tiempo extra con sus padres, los niños son impredicibles y no me apetece coger ningún bicho. Llámenme paranoico, pero sus creencias no son mi certeza.

En el supermercado y áreas colindantes, la gente mantiene en general la distancia. Hay menos gente de lo habitual en esta época, día de la semana y hora. Algunas personas apartan su carrito, casi de modo angustioso, para dejarte pasar y no molestarte, o eso dicen sus miradas. Otras personas se apartan con la angustia de que podrías ser un malhechor dispuestos a contagiarles lo peor de lo peor de un modo más intencional aún que el de Creysidí. Unas terceras ven que vas a un estante, cambian su rumbo para ponérsete en medio y se ponen delante, haciendo como que miran y se van sin llevarse nada. Otra, una, realmente, busca y no encuentra: busca qué era eso que te ha llamado la atención. Con la misma, se va. Una persona más se para, encuentra lo que yo quería, coge todo lo que puede, se le cae uno al suelo, me mira con la expresión conocedora de que no hay lugar para la amabilidad en los tiempos de la peste. Al señor le cuesta agacharse, aunque no me parecía tan mayor para ser tan poco ágil. La que supervisa las cajas sin personal tiene el gesto cansado y amable a partes iguales, se olvida de mantener la distancia y yo no sé si agradecérselo, porque hasta un ser asocial como yo se siente algo desamparado. Pero me doy cuenta cuando ya me he ido de que he estado ¡cerca de un ser humano!

Meto la compra en la mochila. Una mujer sale a paso apresurado y, al doblar la esquina, me ve. Hace un quiebro brusco para evitarme. Bendito miedo: si no es por él, se me come.

Llego a casa y, ya vestido, salgo a tirar la basura que ya tenía preparada. Voy por la acera. Un joven va en bici por la carretera, hablando por el móvil en voy bastante alta, sin casco ni luces (por supuesto) pero al menos lleva mascarilla. Me ve. Hace un quiebro brusco, esta vez para subirse a la acera e irme al encuentro. Mi calle es peatonal: no necesita ir por la acera para evitar coches (que no circulan en este preciso instante ni prácticamente en todo el día). Yo me aparto, cortésmente (p.i.). Pasa a mi lado, gritando a su interlocutor, con un gesto que parece decir "espero que te pienses que te grito a ti" que me sorprende. No es hasta varios minutos después que recuerdo que las bicicletas no tienen permitido ir por la acera. Ato cabos. Da igual que se acabe si se está acabando el mundo o no, hay gente que no regatea en esfuerzos para intentar molestar a los demás, les salga bien o no.

Y yo no me acuerdo ni de su cara. Es más, aunque estoy escribiendo esta entrada como reflexión y como pequeño diario de pandemia (como están haciendo tantos otros), con lo que me voy a ir hoy a la cama es con los grupos renovados de WhatsApp en un momento en el que la gente se busca con tiempo y con ganas, buscando y ofreciendo un tono amable. Hoy me iré a la cama con el gesto de la comunidad vietnamita de la Rep. Checa, que están ofrenciendo tentempiés gratuitos al personal sanitario, a la policía, a los bomberos. Hoy me iré a la cama pensando en esos amigos que, cuando llega la noche, repasan a toda la gente amable que se han cruzado durante el día y los eventos bonitos (si no tienes amigos así, conviértete en uno y que cunda el ejemplo). Hoy me dormiré con una sonrisa en los labios porque ha pasado otro día y sigo vivo y sano.

Me quedan menos de cuarenta y ocho horas para romper mi ayuno de azúcar blanco. ¡Y tengo muuuucho chocolate en casa!

lunes, 25 de enero de 2016

Mentiras y confianza

A algunos puede resultarles difícil de creer, pero el sentimiento de halago cuando nos dicen que somos dignos de confianza no es universal. Están, claro, los que se sienten abrumados porque no entienden qué ven los demás en ellos para considerarlos tan dignos de confianza. Y también están los que lo ven como un triunfo... diferente.

Hay gente para la que la mentira es una forma de vivir, de divertirse, de jugar – y sí, están jugando con personas, pero se diría que les da igual. Cuando pierden la confianza de una persona, no se sienten apenados en el sentido que entendemos normalmente de que "parece que el otro me quiere menos", sino, antes bien, en el de "miércoles, he perdido un pardillo al que podérsela colar". No han perdido un amigo, un amante, un cónyuge, sino una víctima.

Podríamos entrar en conjeturas de por qué esta gente es así y si tiene algún remedio. Yo no conozco el remedio. Tampoco sé si son más felices o menos que los que se alegran de merecer la confianza ajena, porque ésta conlleva una responsabilidad que puede ser un poco pesada a veces (en el sentido de sobrecarga, no en el de ser cargante) y que puede suponer cierto estrés en determinadas circunstancias... que el engañador "nato" no conoce.

Todo paso encaminado a ganarse la confianza de una persona supone, para estos engañadores, una montaña rusa un poco más alta... y otro metro... y otro más... y cuanto más suben, mayor es la adrenalina y el sentimiento de excitación e ilusión, inconscientes de cualquier riesgo. La vida es sólo un parque de atracciones. El hecho de que no haya un hogar de verdad ni amistades profundas no importa, porque el día que no les dejen subir a esa montaña rusa, se subirán a otra atracción. Hay muchas.

Yo sigo dando oportunidades a mucha gente a la que veo venir. Soy así de crédulo, inocente, cándido, confiado, optimista. Hasta un punto. A partir de ese punto, a lo máximo, juego a que la creo, al estilo de la canción de Luz Casal. O saco a esa gente de mi vida, porque, llamadme sibarita, a mi alrededor sólo quiero, cada vez más, personas auténticas.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Me siento incómodo

Hace años, cuando vine por primera vez a este país, acostumbrado a que las mujeres me ignoraran por la calle, me costó hacerme a que las jóvenes locales me miraran como lo hacían. Al principio, pensaba que me había dejado la bragueta abajo. Luego hice callo y ya no me daba cuenta.

Volví a mi país casi un año después. Esta vez, no conseguía habituarme al hecho de que ¡yo no existía! No es que me miraran con mala cara, o que me miraran por encima del hombro, sino que, directamente, no era digno de evaluación alguna. No te doy ni el suspenso, vamos.

Esas cosas se llevan mal. Especialmente porque, cuando intentas compartir tus penas, nadie te hace caso, justificándolo de varias maneras: que si son imaginaciones tuyas, que si te mirarán algunas y otras no, que si ya estás criticando tu país de origen, que si te tiene que mirar todo el mundo, que si miran cuando hay algo que ver y por eso me miran a mí y no a ti (en serio, hasta eso he oído, y no sólo una vez).

Pofale.

Entre medias, yo sabía lo mío, y cuando me pegaba cualquier bajón raro en mi país adoptivo, me iba a dar un paseo y volvía con la moral elevada. En el de origen, hablaba con las mujeres de la familia, que eran las únicas que me decían guapo.

El tiempo pasó, se marcó en mi aspecto y dejó de haber miradas. O quizá fuera el avance de la cultura occidental, que hace que aquí miren más ellos a ellas que ellas a ellos. Quizá fuera hartazgo de que los turistas se tomaran las miradas y sonrisas como invitaciones. Lo mismo hice callo o dejé de percibir esa realidad, entre otras cosas por la cantidad de gilipollas que se empeñaban en el día a día en minarme la autoestima (como si yo hubiera preguntado). O quién sabe, pudo ser una combinación de factores.

Han pasado veinte años.

El verano pasado me compré unas gafas llamativas. Quería comprarme algo excéntrico, aparatoso, visible, algo que diera el santo cantazo, vamos. Por supuesto, los primeros en admirarlas fueron mis estudiantes, que querían que se las diera, se las cambiara por las suyas, se las prestara. Al tiempo, me acostumbré a llevarlas sin darme cuenta de lo que me ponía en la cara.

Un día, me parecía que la gente me miraba mucho. Algo así como cuando fui a Cracovia la primera vez (y tras dos días de mosqueo, porque la gente me miraba mucho a los ojos, me di cuenta de que me había pasado dos días sin ver ojos castaños ni pardos - los míos eran los únicos). Claro, me di cuenta de que eran las gafas. Y me di una cuenta errónea.

No siempre eran las gafas. Cuando me quitaba las gafas, la gente me seguía mirando. Y no, no eran miradas como las de hace años, esta vez se centraban en la cara.

Pensé que igual era la nariz.

La mayoría de las veces, la gente (niños, adultos, ancianos, hombres, mujeres) me sonríe. Los niños me saludan.

Contras, acaba de ocurrírseme. ¿Me pareceré a alguien famoso de aquí?

Una vez que me miraba un grupo de gente sonriente, miré para un lado, había un espejo, y al verme, solté la carcajada, porque tenía una cara de juerga impresionante, yo. Pero hay veces que tengo cara de pedo: sin dormir, sin peinar, con dolor de cabeza... y la gente sigue mirándome con el mismo gesto simpático. No se ríen de mí, sino que me sonríen.

Pensé que sería la primavera, pero ya han pasado doce meses de primavera. Pensé en la crisis de la mediana edad, pero aún no quiero una Harley Davidson ni me apetece volver a las discotecas.

Algunas mozas (y digo mozas, no señoras) me persiguen en la piscina. ¿Querrán un autógrafo o emparanoiarme?

Hoy iba andando por la avenida Lannova, sin mis gafas, agotado, somnoliento, vestido discreto (creo yo). Me paré en el semáforo. Miro al otro lado y veo a un grupo de mujeres, las cuatro sonrientes mirándome de arriba abajo, sin visos de haberse puesto de acuerdo o de haber hablado de mí. Recorro la acera de enfrente con la mirada y veo a otras siete mujeres, unas de dos en dos, otras solas, de las cuales otras cuatro me miran. Intimidado por tanto interés, casi me echo a correr. ¿Será una cámara oculta y alguien intenta hacer que yo pierda el juicio?

Mientras camino hacia casa, recuerdo el experimento que hice el verano pasado, de colocar las mismas fotos, exactamente las mismas, en las versiones de ambos países de cierta red social. La nota que me pusieron mis compatriotas fue, de media, de un 3,5 (suspenso). Las otras me pusieron un 8,2 de media (notable).

Repito: han pasado 20 años. No me veo tan impresionante, la verdad - pero como no soy yo quien tiene que juzgar y la gente bocazas hace ya una temporada que no me lanza ataques a la autoestima, igual me he perdido algo. Así que veremos este verano, cuando vaya a mi Tierruca, si me siento olvidado, aliviado, o aún más perseguido.

domingo, 1 de marzo de 2015

¿Estás estudiando? No lo sabía...

Puede que sea demasiado borde. Podéis saltaros la bitácora entera e ir directamente al EJERCICIO del final.

Cierto, queda fuera del alcance del común de los mortales seguir todas las actualizaciones de todos los contactos en todas las redes sociales. Además, no he hecho tanta publicidad de ello (aunque lo mencioné en esta bitácora, entre otros lugares). Ya he dicho varias veces: hay gente que pregunta por interés en mi persona, o con cariño, y así, la misma pregunta de personas diferentes "suena" diferente. Por otro lado, hay preguntas lógicas, como por ejemplo:

- ¿Qué estudias?
- ¿Cómo van tus estudios?
- ¿Estás contento? (cfs con el "sigues" mencionado más adelante)

- ¿Puedo escuchar algo de lo que haces?
- ¿Qué has aprendido?
- ¿En qué sentido ha cambiado tu música?
- ¿Cómo ha cambiado tu percepción de la música?

Ésas son preguntas que me han hecho, que son lógicas, que pueden dar pie a un intercambio de opiniones (porque lo uno lleva a lo otro y al final acabamos hablando los dos interlocutores). Son preguntas que me gustan, y están presentadas en orden aproximado de frecuencia, siendo la primera la más común de esta lista. Son además preguntas cuyas respuestas van cambiando con el tiempo (excepto la primera, de momento), y por tanto no me aburre contestarlas.

Hay preguntas relativamente lógicas, pero administrativas, que me hastían soberanamente. Eso no es culpa del interlocutor, evidentemente.
¿Dónde estudias?
- A distancia [...]
¿Cómo haces los exámenes?
- No hay exámenes, hay trabajos, proyectos...
¿Por qué esa escuela y no otra?
- Por multitud de motivos.
¿En qué ciudad está eso?
- Qué más te da. Y yo no me acuerdo.

Pero veamos algunas otras preguntas que ya he mencionado en otros lugares, a cuyas respuestas no parece haber prestado atención mucha gente, a tenor de que se me sigue preguntando lo mismo (y ya contesto con piloto automático - me parezco al google, te doy la respuesta antes de que termines la pregunta). Incluyo comentarios de fuera del tiesto. Quizá me acuerde más tarde de algunas preguntas y las incluya. Obsérvese que, prestando la atención merecida a la primera de la lista anterior, cada uno puede encontrar mucho de aquello por lo que curiosea con un vistazo a la red, lo que parece ser demasiado trabajoso.

¿Para qué estudias?
- Para aprender.

¿Qué vas a sacar de eso? ¿Qué tendrás cuando termines?
- Ya estoy sacando. Estoy aprendiendo.

¿Cuántos años son?
- No lo sé. Me da igual. Son siete cursos de duración abierta. Llevo casi tres años.

¿Y vas a estudiar hasta el final?
- No sé. ¿Vas a vivir tú hasta el final?

A mí no se me ocurriría estudiar ahora.
- Ya. Por eso estudio yo y no tú.

¿Cuánto te cuesta?
- No me acuerdo. Pero tienen la información en sus páginas.

¿Qué título vas a tener?
- La titulación es algo así como Diplomado, creo. Pero me da igual.

¿Sigues contento?
- Sí.

¿Y si no puedes terminarlo, qué?
- Viva el optimismo. El día que no pueda seguir, que me quiten lo que llevo bailando.

¿Te van a pagar más en el trabajo?
- No lo he pensado, sigo sin pensarlo, y de suceder, será cosa mía y de mis jefes.

¿Vas a trabajar de ello?
- No. Me gusta mi trabajo. Esto es una afición.

Pero entonces, ¿por qué lo haces?
- Porque me gusta.

¿Nunca te han mandado a la mierda por borde?
- ¿Hay alguien un poco original por aquí cerca? Esta conversación ya huele.

Y lo que muy, muy, muy honrosas excepciones preguntan, y que ya mencioné al principio de esta bitácora, es: ¿Puedo escuchar algo de lo que haces?

¿Y qué es lo que nos quieres decir - que no te preguntemos?

En realidad, no es eso lo que quiero decir. Estas preguntas tan repetitivas, tan estereotipadas, me llevan a reflexionar acerca de cuántas preguntas iguales, vacías, desinteresadas o morbosas o todo ello, hago yo a la gente a mi alrededor, en mi día a día. Alguna vez se nos acusa a los "creativos" de intentar ser originales a cualquier precio - pero el precio aquí es hacer que la conversación merezca la pena para ambas partes, y no que para una (si no para ambas) sea una pérdida de tiempo, una ficción de relación humana tras una máscara de vacuidades.

EJERCICIO: querido lector, querida lectriz, reflexiona ahora sobre las preguntas que se te ocurrirían si alguien te dijera que una tercera persona ha pasado a mejor vida.
  1. Haz una lista de esas preguntas por escrito antes de pasar al número 2.
  2. ¿Cuántas de esas preguntas son originales?
  3. ¿Cuáles de esas preguntas harán sentirse bien al preguntado?
  4. ¿Cuáles de esas preguntas muestran un cariño desinteresado por preguntado y/o fallecido?
  5. ¿Cómo van a cambiar tu vida, o cómo podrían cambiarla, las posibles respuestas?
  6. ¿Qué preguntas de esas estarías dispuesto/a a contestar 15 veces si un día falleciera alguien muy, muy querido? ¿También 150 veces?
  7. ¿Qué preguntas (o sus respuestas) te gustaría ver de boca en boca si fueran sobre alguien muy querido para ti?
  8. Relee las preguntas. ¿Eliminarías alguna? ¿Modificarías alguna? ¿Añadirías algunas más?
  9. Ahora, obsérvate durante 24 horas. ¿Cuántas de las preguntas que haces asiduamente en diversos ámbitos merecen una reflexión así? ¿Cuántos ámbitos se te ocurren?
  10. En última instancia, caben otras reflexiones: ¿por qué lo hacemos? ¿cómo nos sentimos? ¿cómo ayuda a otros funcionar con este estereotipo? Y un largo etcétera.
Como de costumbre, estoy abierto a críticas y comentarios.

martes, 27 de enero de 2015

Tres de tecnología

Telecnología frente a gafas rosadas
La televisión y las redes sociales tienen en común que son formas de evasión: uno cierra los ojos frente al desorden (ya sea éste en sentido literal o figurado) e, inconscientemente, confía en que, cuando los abra, habrá venido Mary Poppins y todo estará en orden. O si lo prefieren, ponen la tapa al cubo de la basura y creen, inocentemente, que la próxima vez que levanten la tapa, el contenido habrá desaparecido por arte de birlibirloque. Y es un poco como ir a la ópera o al fútbol, si me apuran y permiten, y salvando las distancias, claro.

Las gafas rosadas, por contra, implican un cambio de actitud. No significa que no veamos el desorden o el cubo lleno: vamos a verlo, y vamos a saber que tenemos que ordenar y que vaciar el cubo. Al mismo tiempo, evitaremos montar dramas innecesarios y cargar al personal con esa basura que rehusamos tirar. Nuestra basura nos gusta. Sí, tendremos que despedirnos de ella algún día, si no queremos que, como dice Toño, un día aparezca vida inteligente allá dentro. Lo sabemos. Y ese día, montaremos una fiesta de despedida, gue bara essso denemos esdas gafas dan shulas. Sin amargar la vida al prójimo.

Valga eso como introducción.

Tele frente a redes sociales
Hace cosa de año y medio, nos presentaron en una reunión una serie de hechos demostrados por varios estudios, según los cuales, pasar mucho tiempo en redes sociales provocaba una reducción en la cantidad de materia gris del cerebro. ¿Ya os estáis riendo? No me extrañaría. Yo no me reí en su momento porque me pareció más absurdo que ridículo, y ello por varios motivos, relacionados con el seguimiento de la televisión:
  • ninguno de los estudios que yo comprobé mencionaba la presencia simultánea de otros factores posibles, como un seguimiento de varias horas al día de televisión
  • mientras que al seguir un programa en televisión, nuestra mente está mayormente pasiva, en las redes sociales estamos interactuando, léase, que nuestra mente está activa
  • přece jen (= después de todo), en las redes sociales nos estamos comunicando, luego tendría que ser igual que si quedamos para tomar algo con alguien, poco más o menos (al menos en cuanto a actividad cerebral)
Pero ¿seguro que todos estos puntos son tal cual parecen a simple vista? Veamos algunos de los puntos en los que se distingue que dediquemos nuestra mente a internet y/o redes sociales en vez de a esa televisión que tanto aborrezco:
  • brevedad: uno se acostumbra a la comunicación extrabreve, nada de ver una película entera (que ya es mucho más breve que leerse un libro) o un documental; esto nos afecta cognitiva y mnemónicamente;
  • el contenido en internet es, mucho más que el televisado, nuestra opción, por mucho que cambiemos de canal y por muchos canales de los que dispongamos; y también es una posibilidad por la que optamos mucho más fugazmente - léase, nos cansamos en seguida (y vuelta al punto de la brevedad, aunque en este caso no me refiera a comunicación);
  • "está escrito": eso significa que nuestra memoria relega al papel en lugar de sobrecargarse. Esto, que inicialmente es una ventaja en una sociedad con demandas crecientes a la memoria (a corto y largo plazo), supone que perdemos la costumbre de memorizar (había puesto recordar) información relacionada con las personas con las que tratamos, porque confiamos en el papel para que nos lo cuente;
  • posposición: cuando vemos información que nos interesa (entradas, tuits, comentarios, artículos, fotografías, vídeos, noticias), lo dejamos para otro momento, en lugar de aprovechar el momento, la oportunidad que tenemos. Esto altera nuestra percepción de la realidad, porque se convierte en fragmentaria, entre otros (no vemos el documental hasta el final, por así decirlo); además, nos convencemos de que no tenemos tiempo ahora mismo, cambiamos constantemente nuestras prioridades de atención en detrimento de la profundidad, del análisis, de la reflexión; no es menospreciable el efecto que pueda tener sobre la angustia o la depresión;
  • multitarea amplia y semejante, o pluriequimultitarea (polyequimultitasking, široko-rovno-multitasking): mientras vemos la tele, podemos leer, tricotar, tejer cestos de mimbre, planchar, hacer pilates, comer pipas o dar un masaje, por citar algunos ejemplos. Lo que sí que no haremos será cinco tareas a la vez. Por otro lado, uno puede navegar, y jugar, y leer, y estudiar varias materias, y chatear con varias personas a la vez en cada uno de los tres servidores de comunicación a los que está conectado - con la atención puesta en cada una de las tareas, que son excluyentes, cada una de ellas, de tricotar, tejer cestos, planchar, hacer pilates, comer pipas o dar un masaje, por citar los mismos ejemplos de antes. Algo me dice que la bitarea es más productiva para el cerebro y permite alcanzar mayores cotas de rendimiento y profundidad cognitiva que la que yo he llamado aquí pluriequimultitarea (para distinguirla de otras multitareas o de una bitarea) - más en en siguiente punto;
  • referido aún al punto anterior, las tareas físicas realizadas frente al ordenador se basan en estar sentado, teclear, pinchar con el ratón; frente a la televisión, pueden ser más variadas (jugar un solitario, correr sobre el terreno, estar tumbado, estar sentado, estar de pie... la motricidad fina se puede aplicar a tareas diferentes, y probablemente se aplique, aunque sólo sea para rascarse el higo o hurgarse en orificios cefálicos varios). Vamos, que hay una reducción en la diversidad de las tareas motrices.
Es cierto que alguien que se pase cinco horas diarias viendo lo que echen tendrá, con toda probabilidad, cierto deterioro de su materia gris. Desde mi punto de vista, existen razones para pensar que lo mismo le puede suceder a alguien que use internet en exceso. Y estoy por pensar que el umbral de ese "exceso"está mucho más cerca de la cotidianeidad del europeo medio de lo que queremos reconocer. Habiendo dicho eso, creo que, como en todo, lo mejor es la moderación (en caso de duda, moderarse aún más) y, por supuesto, buscar la variedad en la vida en el más amplio sentido de la palabra.

Ni que decir tiene que no se puede comparar un chateo con un quedar para tomar algo, y no creo que nadie lo ponga en duda - pero por si acaso, escribiré sobre ello también (eso sí, ya en otra bitácora).

Tecnolozombis
Creo que el reciente éxito de películas y novelas sobre muertos vivientes tiene, entre otras razones mencionadas en otras bitácoras (de otros grumetes) o en algunas reseñas (de otros críticos), un motivo añadido, y es que nos sentimos identificados con ellos. Vamos por la calle con el cerebro desconectado, mirando la pantalla que tenemos delante. Nos hemos chocado con algo, o con alguien, qué más da. Pero hete aquí que era un interfecto, y nos dice que parecemos un zombi. Léase, un muerto. Léase, alguien con encefalograma plano. Léase, alguien con muerte cerebral, o con un cerebro muerto, o... ¿Nos está llamando idiotas? Y en ese momento, no nos damos cuenta de que el engendro somos nosotros, sólo vemos que pertenecemos a especies diferentes y nos lanzamos a devorarlo. Quizá esto sea más para La invasión de los ultracuerpos (con Donald Sutherland) - bueno, creo que era ésa la película... pero seguro que sabéis de lo que hablo. Por eso no llamamos sublelo al empantallado que nos acaba de atropellar: sabemos que es comprar la única papeleta en una rifa de improperios o más.

La tecnología nos acerca a la nube, pero nos aleja de la gente a nuestro alrededor. Ya hace un par de años que procuro no realizar llamadas cuando voy por la calle, ni mirar el móvil a menos que sea algo urgente (claro que urgente es un vocablo asquerosamente subjetivo, y para cada uno el umbral está a un nivel diferente, por no hablar del número de casos que puede incluir). Recibo llamadas, pero procuro no hacerlas. Y no mando mensajes, ni caminando ni parado ni sentado, si puedo evitarlo. No me gustan. Los mismo se aplica a la guasa, o whasá, whatsapp o similares. Sé que todos lo tenéis. Yo necesito menos tecnología, aun a riesgo de reducir el contacto con gente a la que quiero mucho, mucho, mucho.

Hace años ya que procuro dejar el móvil en casa cuando salgo. O lo desconecto (por ejemplo, cuando tenía una cita, qué tiempos, aquéllos). Hay gente que se enfada, porque intentaron llamarme y no pudieron. Peor para ellos. El que quiera, que se enfade, que igual no me puede llamar para contármelo y yo seguiré tan feliz. Después de todo, no hace tanto que los teléfonos eran todos fijos. Y así, si voy por la calle, miro el paisaje, saludo a mis vecinos y me paro a hablar con gente (¡oh, bici, tan a tiempo que te robaron!), hago fotos o las encuadro con mi mente sin sacar la cámara (imaginación al poder), me dedico a pensar, a rezar, a ver formas en las nubes, a contemplar a Betelgeuze antes de que desaparezca, a identificar olores, y también, cómo no, a esquivar a los tecnolozombitos. Y a reírme de ellos. Faltaría plus.


Corolario
(ya ando cansado, iba a haber escrito colutorio - y ya me entró la duda de si estaré usando adecuadamente la palabra corolario o debería ir direZtamente a por conclusión)

Llevo ya una temporada alejándome cada vez más de las redes sociales. Por todos los puntos arriba expuestos, y por otros más que iré añadiendo, y porque eso de ser excéntrico me ha molado desde que describieron a Cruella de Vil como un poco excéntrica (me encanta su pelo), y porque me parece super-excéntrico salirme del tecnocentro, pues anuncio que, a fecha de hoy (26 de enero de 2015, cumpleaños de Bea), mi presencia en las redes sociales va a reducirse aún más, hasta convertirse en meramente esporádica, puntual, irregular, indigna de mención y anecdótica, como poco. O como mucho.

La excepción necesaria será la de las páginas web donde presente mis pensamientos o mis trabajos (si es que las podemos llamar redes sociales) y, por necesidades burocráticas y cardíaco-emocionales, el correo electrónico. Al resto, desde hoy las denomino redes asociales, porque, nos guste o no, es en lo que tienden a transformarnos, con mayor o menor éxito. Habrá quien diga que a él, a ella, no los afecta - enhorabuena, sin sarcasmo, seguro que es posible, ojalá sea eso válido todo el tiempo que queráis. Y sí, he recuperado el contacto con algunos amigos gracias a las redes sociales, y me alegro de haber recuperado ese contacto en muchos casos, o de haber mantenido otros. Y sí, voy a echar de menos a gente. Ahora mismo estoy echando de menos mirar a unos ojos amigos que, a su vez, estén mirando a los míos. Sin pantallas mediando.

Y las voces queridas, entre otros, también las echo de menos. Pero eso ya va para otra bitácora.

Repito: qué lejucos que está Santander... :( :( :( ¿Cuándo hacemos una mani para pedir el vuelo Budějovice-Parayas sin escalas y subvencionao?

miércoles, 29 de octubre de 2014

Visitas


Algunas visitas llegan a tu casa a violentarla. Parece que no han entrado y ya han visto toda la casa sin que a ti te de tiempo a decir que no quieres que esa puerta se abra. Hasta los armarios por dentro, si te descuidas. Apoyándose en cualquier cosa que te impida contestar a gusto (es tu jefe, o tu abogado, o tu médico, o tu suegra, o un policía, qué se yo), sacan su Míster Hide más horripilante y te miran hasta el cajón de la mesita de noche. Y entre eso y los comentarios, cuando se van, sólo quieres llorar. Te sientes sucio, utilizado, deshonrado, inútil, indigno.

Esas visitas abusadoras no son necesariamente coincidentes con las que vienen para encontrar algo que criticar. A este segundo tipo lo detectas ya sin que vengan a tu casa, no necesitan sacar su Hide - basta con oírles hablar de las casas que han visitado y darse cuenta de que ponen a todo el mundo pingando, y sabes que tú no vas a ser la excepción: tu casa será la misma cutrez que la del resto de sus familiares, amistades, conocidos y vecinos. Faltaría más.

Corolario: Cuando alguien viene a verte por quinta vez y se mete en tu dormitorio, sin pedirte permiso, para ver la vista desde la ventana, vista que ya conoce, no ha ido a verte a ti. Ha ido a fisgarte.

Luego están los que se esfuerzan por ver algo bonito en tu casa, pero no les sale. Y cuando ya hacen mucho esfuerzo, dicen algo así como "Me gusta este sitio para un jarrón". Ya. Pero no para este jarrón, ya me he dado cuenta. Estas visitas son prácticamente inofensivas, uno preferiría que no dijeran nada, pero frente a los tipos anteriores, son unos benditos. Y casi con toda probabilidad, te hablarán de lo bien que les atienden en tal o cual casa cuando van. No es por hacerte sentir mal. ¿O sí? El caso es que sabes que igual de bien hablarán a tus espaldas, aunque delante tuyo pongan sonrisa de comelimones.

Hay gente que viene a tu casa, abre la nevera, se sirve un vaso de algo, guarda la botella, tú lo ves y sientes un calorcito por dentro, casi hasta un placer, porque sabes que la persona lo hace con confianza, y que tú en su casa podrías hacer lo mismo. Hay otra gente que viene a tu casa, abre la nevera, se sirve un vaso de algo, guarda la botella, tú lo ves y sientes pena por esa persona, porque sabes que no lo hace con confianza, sino aprovechándose de que tú se lo permites o que no dices nada (que para el caso). Dos personas realizando la misma acción, pero que no están haciendo lo mismo.

Hay gente que viene a tu casa y buscan inspiración, ideas, algo que halagar. Tengo que decir que, normalmente, cuando voy a un sitio por primera vez, yo soy de los que buscan ideas. No veo si hay desorden o no, porque no me interesa. No veo si está la vajilla sucia. No veo si tienen una tele último modelo. Me interesa cómo puedo vivir mejor, tener una vida más cómoda, un espacio más acogedor para mí y los que quiero... Cuando viene alguien así a mi casa, se lo noto en los ojos, en el cambio de tono al hablar, en esa aproximación física, una casi veneración que les impide atreverse a tocar eso que les gusta... No sé si yo pondré la misma cara cuando algo me gusta, pero a los que me visitan y son así, se les nota.

Y luego están las visitas que vienen a verte, y tienen ojos sólo para ti. Entiendo que a todos nos puede la curiosidad, más o menos (hay veces que, realmente, ver a la otra persona es tan emocionante que, aunque estés por primera vez en su casa, no sabes ni en qué espacio has estado, si salón, cocina, balcón o cuarto de baño). ¿No os pasa a veces, que vais a ver a un pariente o amigo y, aunque miréis en todas direcciones, no veis nada porque estáis más centrados en la persona, en cómo se siente, en qué le preocupa, en lo que te va a contar?

Como cangrejo, me identifico con mi vivienda. Es una extensión de mi ser. Me tomo muy en serio aquello de que la hospitalidad es un concepto muy complejo, y que no se debe ofender al hospitalario, porque está confiando en ti. Eso mismo exijo a los que me visitan. Aunque tenga la casa desordenada (como suele ser habitual), prefiero que la gente me critique por falta de cuidado que por falta de hospitalidad. Claro que hay excepciones: a alguna gente no le doy la oportunidad. Y es que hay visitas que no deberían producirse nunca, so riesgo para la salud de los habitantes de la casa visitada. Que el que luego se queda en mi casa viviendo soy yo, y no me apetece chuparme las malas energías de nadie.

¿Y tú? ¿Qué tipo de visitante eres?

martes, 28 de octubre de 2014

Pragmatismo frente a sueños

Pues sí, estoy estudiando. Ya estoy acostumbrado a que gente que presume de ser amiga mía, incluso muy buena amiga mía, no muestre el menor signo de alegría cuando se enteran de que, por fin, estoy estudiando una de las dos cosas que quería hacer. Entiendo que ver a alguien que va tras sus sueños puede ser muy puñetero, porque te recuerda que tú no vas tras los tuyos. En realidad, ése es sólo un motivo de los cientos, si no miles, que hay para no alegrarse de que a otro le vaya bien (siendo ese otro alguien por quien se dice que se siente afecto sincero, puro, auténtico y demás blablás). Las envidias (buena y mala) son sólo otros dos motivos.

Como digo, esa costumbre hace que no suela hablar de ello. Para qué. Es mi vida, y lo mismo que no le contamos a nadie nada del polvo tan fabuloso que echamos la noche anterior, hay cosas que es mejor guardarse para uno mismo. Así que luego me pasa que son unos conocidos los que les dicen a otros los cambios que hay en mi vida, y esos otros se sorprenden y preguntan y a mí no me sorprende que enterarse les alegre menos que una pausa publicitaria en el clímax de una buena peli.

Empiezan las preguntas o ničem, inútiles, vacías. La gente se cree super-original cuando te repiten las mismas preguntas que ya has contestado a todos los curiosos anteriores (porque lo que sienten no es interés por ti, sino curiosidad que dista mucho de ser la de un amigo). Entre todos los puntos de la entrevista, hay uno que, de por sí, no esconde malicia alguna, sólo ignorancia, y que parece ser la favorita de los pragmáticos, a saber:

- Y cuando acabes, ¿qué es lo que vas a conseguir?

Sí, es una pregunta que también hago a veces; es una pregunta que te hace también gente que te quiere bien, gente con interés por ti. Pero el lenguaje no es inocente. Las personas, a veces, sí son inocentes y no se dan cuenta. Cuando respondo, se distingue al inocente cariñoso del gilipollas por su reacción.

- Ya lo estoy consiguiendo. Ya he conseguido mucho. No hago esto por un título.

El inocente, el que me quiere bien de verdad, sin paripés, sonríe, se interesa, a veces incluso me pide que le muestre algo de lo que voy haciendo. El "otro" pone cara de fastidio y cambia de tema sin dejarme terminar la frase.

Y sí, yo entiendo que cada uno tiene sus historias personales, sus problemas, sus complejos, sus necesidades y sus etcéteras. Lo entiendo y lo comprendo, porque estoy seguro de que todos nosotros nos encontramos, en un momento u otro, del lado de los cariñosos o del de los pragmáticos, dependiendo del pie con el que nos hayamos levantado, de la persona que nos hable y del asunto de que se trate. Esto no es una crítica a un comentario puntual, ni a una forma de hablar. Ni es una crítica a ese pragmatismo equivocado en el que, de seguro, todos caemos, como digo. Ni siquiera intenta ser esto una crítica, aunque suene como tal. Y si crítica, que figure sólo para llegar al meollo dando un rodeo, en una adaptación personal mía de los rodeos de Ortega y Gasset.

Esto que estoy escribiendo es mi forma particular de informar.

Llevo ya unos cuantos meses de reciclado personal, de redescubrimiento, de introspección. Pongo nombre concreto a las "cosas" que me hacen sentir bien, que prolongan mi vida, que me ponen una sonrisa que no se me quita ni cuando se me cae la tortilla al darle la vuelta. No sé si será posible tener demasiadas de esas "cosas" que te hacen sentir bien. Sé que aún no tengo suficientes. Sé que aún tengo demasiada rémora a mi alrededor, demasiada gente poniendo peros aun a mi forma de respirar.

Yo sueño por soñar, disfruto soñando. No necesito un porqué ni un para qué. No necesito descubrir los mecanismos de la magia, porque entonces ya no es magia. No necesito destripar a la gallina de los huevos de oro para saber que no habrá más huevos si lo hago.

Hay huevos. Y los seguirá habiendo.

Entiéndase lo que sigue como impregnado de abundante reciprocidad.

A mi alrededor, hoy por hoy, sólo hago sitio a gente que me ayude a progresar. Que me apoye. Que se alegre por mí y sepa demostrarlo. Gente que me sirva de modelo, de ejemplo. Gente que piense en el futuro, que haga planes, que piense en términos de proyectos, que dé pasos en el camino del crecimiento personal. Gente con ganas auténticas de ser feliz, y de ver felices al resto. Gente que sepa que el sueño no se consigue durmiendo, sino viviéndolo en vigilia. Que el sueño ya ha empezado, y es su opción transformarlo en pesadilla o en ligerilla. Que el viaje a la felicidad no lleva a la felicidad, sino a la insatisfacción y el descontento; mientras que el viaje por la felicidad es una meta satisfactoria en sí.
 Si todo, todito lo que digo en el párrafo anterior te suena a chino, probablemente hoy no pintes nada en mi vida. Ni yo en la tuya.

Como canta Rosana, "no sé mañana, sé de hoy". Y hoy es el futuro.

martes, 8 de abril de 2014

El cuento de los negativos

Supongo que nos sucede a todos cada día. Y si no, sacadme de mi error, a ver si, al menos, me siento importante. Nos encontramos con alguien que menciona un problema que tiene, y nosotros, llevados de nuestra vena humanitaria, intentamos ayudar al prójimo y ofrecemos una solución. A veces, porque nos ha pedido ayuda. A veces, porque somos así de buenazos. A veces, porque encontrar la solución a un problema es un reto irresistible. Por el motivo que sea, ofrecemos esa solución.

Quino, el dibujante de cómics (o historietas), ese artista genial, a menudo tan sabio y siempre tan astuto y sagaz, nos mostraba en cierta ocasión a la madre de Mafalda en la situación siguiente:



Evidentemente, cuando nosotros encontramos una solución a un problema y somos más rápidos que el resto, a ese resto (o residuo y demás sinónimos, b..., e...) le duele. Y tiene que demostrar que es mejor que el sugerente riéndose o descalificando la solución dada. Inmediatamente, el resto (decía) del resto, léase, los que todavía no habían hablado, se sumarán a la contestación, a la negación de la solución, amparados en el guano del grupo contra el individuo. No nos engañemos: probablemente, nosotros hagamos lo mismo a otros cuando estamos en el bando equivocado. Son muy, muy pocas las personas con tal grado de consciencia y de desarrollo moral que no se apuntarían a ese carro ganador tirado por tanto buey. Nuevamente, me viene a la mente uno de los cuentos que menos me gustan y que más me recuerda la vida a diario, a sice, El traje nuevo del emperador. El final feliz del cuento es que, a diferencia de lo que sucede en la vida real, hacen caso a un infeliz.

[El niño es el único que se atreve a decir que el emperador va desnudo, y sólo en ese momento se atreven el resto a admitirlo]

Ya mencionaba en otra ocasión que mis ganas de ayudar, como mi curiosidad, tienen un límite. Cuando me piden una solución y doy cuatro, o cinco, y ninguna vale, puede que se me ocurran más, puede que no, pero simplemente, desconecto de la cuestión y que se busque la solución aquél a quien pertenece el problema. La gente negativa, ésa que encuentra un problema para cada solución, son vampiros psicológicos, y probablemente chupones que luego utilizarán tooodas tus soluciones sin darte ningún crédito por siquiera una.

Y sin que se excluya lo dicho en el párrafo anterior, también puede ser, como guindón del pastelón de esta me-rienda, que el enunciante del problema quiera sentirse miserable. Y ahí estamos nosotros, agúandole la fiesta. Pobre. Tan feliz con su problema, y nosotros queremos solucionarlo. Eso no se hace. Reconozcamos que no nos han educado bien.

Hasta ahí, la crítica. Y ahora va el aviso, en forma de otro cuento recurrente, esta vez sí que de mis preferidos, que es Pedro y el lobo. Como mis ganas de ayudar y mi curiosidad, también tienen un límite mi paciencia y mi buena fe. Llega un punto en el que ya no me creo que la persona necesite mi ayuda: lo que necesita es crecerse rebajando al primer pimpollo que intente ayudarla. Y quizá no, pero nedej Bože, (= no lo quiera Dios) puede suceder que esa gente, un día, necesite ayuda de verdad. Ese día, no tendrá a nadie que ayude, porque los más capaces y más dispuestos estarán ya quemados de tanta historieta y tanto cuento. Léase: del título.

miércoles, 29 de enero de 2014

Předsevzetí (promesas de Año Nuevo)

- Siempre estás creyéndote diferente a los demás.
- Es que lo soy.
- Como todos.
- Po vale.
[...]
- Y ¿qué promesas has hecho por el Año Nuevo?
- Yo no hago promesas de Año Nuevo.
- ¿Por miedo a no cumplirlas?
- No, yo me planteo compromisos y no espero a Año Nuevo para empezar a llevarlos a cabo.
- Tú con tal de ser original, lo que sea.
- Ehm, ¿no habías dicho que soy igual que todos?
- Porque lo eres. ¿Cuánto tardas en abandonar esos "compromisos" o como los llames?
- No los abandono.
- Ya, y yo me lo creo.
- Po vale.

Cuando dejé de fumar, hace ya más de veinte años, no me había planteado dejarlo: simplemente, dejé de hacerlo. Como tantas otras cosas en mi vida. Y no necesito esperar a Año Nuevo. Un par de veces al año, analizo los cambios que tengo que hacer en mi vida. Me planteo algunos reales y sueño con algunos menos reales. Los reales los he cumplido siempre. Los menos reales, en su mayoría, y por un tiempo mayor de "un par de meses", también. No me planteo el Año Nuevo como una redención, como una nueva vida, sino como una oportunidad de seguir adelante, de dar nuevos pasos - que vienen de más atrás. No empiezo de cero, porque no tiene sentido, no vengo de la nada, tengo ya más de ocho lustros a mis espaldas.

Sí, me he hecho promesas de Año Nuevo en el pasado, y las sigo llamando así por simplificar, pero lo que yo hago es un concepto diferente. Y no, no me creo más original que nadie: conozco a más gente que lo hace. Cierto, son minoría.

También son minoría los que se alegran de mis avances, de mis logros. Hay muchos que me apoyan cuando me va mal, para eso sólo hay que ser "normal" - ya lo dije en otra ocasión. Y yo estaba pensando en ocultar mi alegría actual, pero... estoy pensando que, mejor, la voy a llevar bien por delante. Así iré descubriendo a mucho hijolagrán que hay suelto (y ya tengo a un par en la lista desde que empecé hace unos días). Y cuando me vaya mal y me digan algo, les podré decir "Pero ¿para qué preguntas, si en el fondo te alegras? Mira lo que te jodía que estuviera bien..." Habrá algunos que se planteen que igual no son tan buenas personas como se pensaban. Habrá otros que se sorprenderán de verse descubiertos. Y habrá una gran mayoría que disfrutará en silencio de que me vaya mal. Porque la vida está llena de ciclos, arriba y abajo, abajo y arriba, y no soy tan cándido para creer que mi euforia actual me vaya a durar algún deceniuco más allá de la jubilación, sin descanso. Vendrán vacas flacas. Y cuando vengan, yo ya habré descubierto a unos cuantos enemigos.

Comienza la cacería :)

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Tu pareja te impide... escribir

En realidad, todos los impedimentos están en la cabeza de uno... pero a veces te "apoyan" en impedirte.

Bendita sea la falta de interés. Cuando a tu pareja no le interesa lo que haces, nada te impide seguir haciéndolo (relativamente - si quieres tener una vida en común, habrá ocasiones en que haya que hacer de vísceras corazón, pero eso todavía entra dentro de lo aceptable).

Lo peor no es que a la persona que amas no le interese, que no busque, no indague, no te pregunte, no lea de su mano mayor nada de lo que escribes. ¿O quizá sí? Quizá ese sea un veneno más efectivo, de esos que te matan poco a poco y tú luego no sabes por qué dejaste de escribir...

A corto plazo, sin embargo, es más efectivo el que te acerques con toooda tu ilusión, porque sabes que has escrito algo bueno, o por lo menos algo que merece la pena ser leído, algo que nadie se arrepentirá de haberle dedicado cinco minutos... y a la primera palabra (¡a la primera!) te corte y te diga "No me gusta". ¿Perdón? Creo haberte entendido mal. No, me has entendido perfectamente, no quiero que me leas más.

Y flipas.

O esa otra ocasión en la que te dice, con estudiada y remarcada vocalización, lo suficientemente des·pa·cio para que sufras y lo sufic. v'loz para que no se note lo que lo disfruta, que e·so·es·u·na·cho·rra·da. Y tú vas sólo por el segundo párrafo del cuento.

Entiendo, es un peñazo oír a los escritores leer lo que han escrito. Pero no se trata del cuento en sí, sino de estudiar las ideas, de comunicarse, de que te apoyen en lo que te gusta igual que tú apoyas a tu media naranja en lo que le gusta a ella, siempre, en todo. Y tienes tantas cosas escritas que la otra parte no hace nada por leer...

Después de unas cuantas más, llega el día en que avisas, que no vas a hacerla partícipe ya de nada, y que luego no se mosquee si no le cuentas lo que haces. Te mira con cara de cordero degollado y que le interesa mucho, pero que está reventada, y que sejustificasejustificasejustifica.

Es demasiado tarde.

Pero algún día de resolterizarás y, tras un periodo de crisis, un día las letras empezarán a salir de tus manos sin que tú las busques. Tu cabeza se llenará de historias. Tus amigos (los de A mayúscula), tu familia, te recordarán y te harán sentir que les encanta lo que haces (siempre lo siguieron haciendo, pero ahora te das cuenta).

Y ¿quién se lo va a perder? Quizá nadie. Porque tanta justificación significa que no le interesaba. Y tú sólo tienes que olvidar el amor que sentiste (así de fácil, ja, ja), y que una nube de tu memoria... ¿de quién hablamos? ¿Qué estaba diciendo? Creo que necesito echarme una siestezuca...

lunes, 23 de diciembre de 2013

Tu pareja te impide... ir a conciertos

Es que no aprendemos. Y claro, vas y le dices a tu media naranja que sin ella no te apetece ir a ese concierto (o esa fiesta, o función de teatro, o lo que sea). Como lo sabe, tiene un gran arma en su poder.

Tú aún no lo sabes, pero tu pareja lo va a utilizar para limitarte. Cuando vaya a tu ciudad 4Tet (como me pasó a mí) o cualquier otra cosa que te apasione especialmente y vayas y le digas que pagas tú, que eso no te lo pierdes, tu pareja sabrá que te lo vas a perder porque no piensa acompañarte y tú no iras sin tu amorcillo, porque eres así de idiota, y tu amorcillo es así de indeseable, y además porque te pone cara de cordero degollao y que lo siente mucho, pero que concretamente a ese grupo no lo soporta.

Negativa tras negativa, te acostumbras a quedarte en casa, porque cuando hay tiempo en común no hay nada a lo que ir, y cuando estás solo... no te apetece.

Te apuntas a unos estudios a distancia, para cuya consecución debes ir a conciertos. Entonces te dice que la pena que le da, no poder ir a conciertos, que lo que más le gustaría en el mundo es poder acompañarte. Tú aún no sabes que es un intento de chantaje emocional para que no vayas tampoco - pero aunque no lo sabes, no sucumbes, porque has pagado una matrícula muy cara y tienes que acabar los estudios aunque tu pareja se deprima (que no va a ser el caso).

Y luego rompéis y te enteras de que a los quince días ha ido al concierto de ese 4Tet que tanto odiaba. Porque no lo odiaba. Lo que sentía era pasión por fastidiarte. E igualmente, está yendo al teatro, y a musicales, y a toda la oferta cultural del país, porque ya no tiene que sacrificar sus gustos en aras de sacrificar los tuyos (manda webs), y lo que tiene que hacer ahora es pasarte por los morros su pasión por la cultura, a ver si así tienes miedo de que os encontréis y dejas de ir.

Esa encarnación de la indeseabilidad, esta vez, no se ha salido con la suya más que con 4Tet. Y como tampoco tengo tiempo de ir a verlos, pues ni me apena.

Tu pareja te impide... nadar

Lo tenía hace años en mi lista de buenos propósitos. Fue el primer año que no cumplí mis buenos propósitos para el año nuevo. Claro que fue la primera vez que alguien me exigió que los cumpliera (porque, que yo sepa, fue la primera vez que alguien tuvo la falta de decoro de leerse mi lista de principio a fin y encima permitirse juzgarla). Así que no aprendí a nadar.

Ya, claro, ya oigo algunos: "¿De Santander y no sabes nadar? ¡Qué vergüenza!". Espero que no se le ocurra a nadie de España que no sepa lidiar un toro, bailar flamenco y tocar la guitarra, por mencionar algunos tópicos. Aunque si alguien es así de listo o así de tonto, supongo que no lo iba a captar.

Pues nuevamente son los comentarios paternalistas, y que hay que nadar cuando a tu pareja le sale de la axila y no cuando tú te sientes sirenito, y que qué mal nadas, y que yo nadaba profesionalmente, y que, sí, estoy tocándote el escroto en sentido figurado porque quiero que te sientas frustrado de no saber nadar.

Los obstáculos para hacer algo están siempre en nuestra mente, es cierto. Sí, si tenemos una voluntad de hierro, somos capaces de mover montañas. Pero cuando hemos entregado toda nuestra confianza a alguien que, con la mayor de las sutilezas, nos va minando gradualmente la confianza que teníamos en nosotros mismos, llega un momento en el que uno no encuentra su propia voluntad y no sabe dónde la tiene ni dónde empezar a buscar. Y cuando pide ayuda a aquella persona en quien más confía, esta harpía lo utilizará para hundirlo un poquito más, sin brusquedad, no sea que se dé cuenta de quién le está pisando la cabeza.

Y un día te resolterizas, y ¡aaaayyyyyyyyyyyyy! El placer de meterse al agua. Si está fría, porque refresca, si está caliente, porque te desentumece entero, si está templada porque te sientes flotando en el aire, el caso es que siempre está perfecta para un cole y unas brazadas, para probar todos los estilos, y descubres que tienes tiempo, ganas y capacidad para ir a menudo, para quedar con amigos en la pisci, para quedar con amigos tras la pisci, para hacer ejercicio antes y después, para nadar por la mañana, o al mediodía, o por la tarde, para hacerte socio de la municipal, de repente las señoras de la taquilla, que hasta ahora te miraban de un serio que daban miedo, te sonríen, se alegran de verte, y tienes un pique de cloro que no sabes cómo has podido vivir sin ello todos estos años.

Las parejas, a veces, te impiden mantenerte en forma. Y no sólo en cuanto a natación se refiere. Pero eso ya lo iremos viendo.

Tu pareja te impide... cantar

Que si cantas mal, que si me duele la cabeza, que si hoy no me siento con ganas de cante, que si hoy no, cariño, que si :(, que si :'( o incluso peor D': o qué se yo... Por no hablar de comentarios sarcásticos, paternalistas, victimistas, o las bromas delante de los amigos, o "es que quiero ver las noticias, que son importantes" (las p*s noticias, ya volveré a arremeter contra ellas), o "estoy viendo una película" o "mañana, ¿vale?". Etcétera, etcétera, etecétera.

Y luego te quedas solo y no cantas porque no te apetece, porque a tu chica/o no le gusta que cantes y entonces no lo haces ni cuando puedes, no sea que entre por la puerta y se lleve un morrocotudo.

Más adelante llega el día en que cantas ya por fastidiar, por revancha, por "ahora me toca a mí", y descubres que las notas de música tienen un sabor amargo en la boca y un deje de desentone en el oído por la falta de costumbre y la falta de ganas.

Pero, ¡ayyyyyyyyyyy ese día que te resolterizas! ¡Qué placer encuentra uno en el canto! ¡Cuántos Bravos y cuántos Ninos y cuánto sol cuando amanece... yo soy líííííbre!

Como el mar. Eau d'eté.

Y lo disfruto más que un "plumeroparael...". Desafino, por la falta de costumbre. ME DA IGUAL. Canto por la mañana, por la tarde, por la noche, y aunque los vecinos no se han quejado, estoy seguro de que canto hasta en sueños. Y de repente mis sueños dejan de ser repetitivos, sueño con paisajes nuevos, con caras nuevas, con situaciones que no conocía (ni en sueños, fíjense qué cosas). Que llevaba lustros de sueños repetidos y San Seacabó de los Acaboses. Ahora sólo sueño con sitios que visito a las pocas semanas. Asusta un poco, pero...

... Contras, ya me perdí otra vez. Lo siento. El único consuelo que me queda es que esta entrada iba sobre el canto y aquí estoy, dando el cante con mis divagaciones. Feliz Navidad a todos los que se la merezcan. Al resto ya se lo desearé cuando me confirme, si llegare el día.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Más sobre el otolismo a diciembre de 2013

Creo recordar haber dicho que el otolismo es compatible con cualquier postura tolerante de cualquier religión o creencia. Desafortunadamente, he descubierto que uno de los principios del otolismo es incompatible con ciertos principios fundamentales de la religión (y recordemos que el ateísmo ES una religión).

El otolismo establece que Dios tiene un plan para cada persona. Admitiendo ideas como la revelación progresiva de la fe Bahá'í, ésta no se produce sólo en un plano generacional, sino también en uno personal. Cada persona tiene que descubrir para qué está en este mundo, cuál es su misión, su objetivo. Cada persona tiene que descubrir y construir su sistema moral, que, eso sí, debe aplicar para juzgarse a sí y no a los demás. En ese camino, las religiones, las creencias, la moral de otros, la ética de otros, nos ayudan, nos sirven de guía, pero no pueden determinar nuestras vidas.

Como español, siento un gran respeto por la frase de don José: "Yo soy yo y mis circunstancias". No pueden juzgarse los errores de un quinceañero con normas válidas para sexagenarios, ni a la inversa (por poner un ejemplo). No se debe medir con el mismo rasero a un rico que a un pobre (cosa de la que ya se advierte en el Nuevo Testamento - no juzgues la cantidad que se entrega para limosna, sino el sacrificio que se hace). En términos más avanzados, ¿quiénes somos para juzgar lo que les cuesta a otros sonreír, ayudar a otros, estudiar, hacer dieta,...? Si Dios, o la vida, o la suerte, nos ha dado diferentes circunstancias, ¿por qué tenemos que seguir todos las mismas normas de vida, tanto en la física y /o rutinaria como en la espiritual (p.e.)? Un Dios justo, ¿crearía un sistema de normas iguales para todos?

"Para una selección justa, todo el mundo tiene que pasar la misma prueba:
por favor, trepen a aquel árbol"


¿Existen normas universales? Quiero creer que sí: la regla de oro existe, quizá, en todas las creencias, expresada de una u otra manera (el Sé a los demás como quieras que sean contigo, Trata al prójimo como quieras ser tratado, No hagas lo que no quieras que te hagan, etc.) - eso sí, sin dogmatismos, sin imposiciones, aplicándolo primero a uno mismo.

¿El otolismo es una religión? No sé. ¿Es una creencia individualista? Hasta cierto punto, puede que lo sea. Yo prefiero creer que es, más bien, una propuesta a la introspección, a la reflexión, a pararse a pensar en lo que uno hace antes de ponerse a juzgar a otros. Es hacer examen de conciencia. Es creer que hay muchas formas de ser normal y de ser bueno. Es ser consciente de que desconocemos las circunstancias desde las que otros deciden. Es saber que tenemos mucha suerte si somos capaces de construirnos nuestro propio mundo. Es vivir y dejar vivir. Y en un desarrollo moral adecuado, incluye vivir con otros, ayudar al prójimo, pensar en los demás, desear el bien a todo el mundo, dentro de los límites de sociabilidad de cada cual.

Y como ya dije en otras ocasiones: aún hoy sigo creyendo que las religiones oficiales tienen su lugar en el mundo. Hay mucha gente a quien le sirve de guía para poder dedicarse a otros menesteres - es muy cómoda. Y hay gente que, reflexionando, buscando, descubren que hay una religión que, aparente o realmente, define sus objetivos morales, con la ventaja añadida de que coinciden con mucha otra gente. Me parece estupendo, respetable y casi hasta envidiable. De hecho, me encantaría conocer a otros otolistas, llamen a su sistema como lo llamen, para intercambiar ideas.

Quién sabe. Quizá un día.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Vals migrañoso

Me decía mi profesor de guitarra, en una crítica muy constructiva, que en algunos pasajes de mis últimas obras hay demasiada cabeza y poca intuición, poco sentimiento (traducido libremente). Ayer, sumido en otra migraña de esas que últimamente me acosan con renovadas frecuencia y fuerzas, sentado al piano, empecé a tocar lo que me iba viniendo.

El resultado es mi Vals migrañoso, opus varioscientosypico. No tengo ninguna intención de escribir más cosas en esa línea, como mucho quizá podría escribir una continuación, pero realmente creo que escribir con los sentimientos no es lo que me va.

¿Qué tiene de particular esta pieza? Pues que uno puede oír las estridencias de Bartók sin su sentimiento tonal (léase: indigerible), la lógica de Blacher sin su ligereza (= machacante), y luego una mezcolanza caótica de dolor de cabeza y de corazón, de tristeza, esquizofrenia, testosterona, somnolencia, más tristeza, desorientación, indolencia (pasotismo). Es una pieza que pertenece a otro mundo, es tremendamente térrea, por no decir inframundial. Es infumable. Me da miedo, un miedo atávico a un animal que llevo dentro, a sólo uno de ellos, uno al que no conozco, y que pertenece a mi lado oscuro.

La pieza me aterra y me fascina a partes iguales. Parece la pieza de ese loco que no creo ser. Huele a podredumbre de civilización.

Lo peor de todo es que, habiéndola escrito sin lógica consciente, le veo la lógica a toda ella.

Escúchala, o peor aún, tócala tres veces seguidas, y quizá te cambie tu forma de entender la música. O no. A mí me ha cambiado la percepción de mí mismo. Estoy como si acabara de abrir los ojos después de que me hubieran abofeteado hasta dejarme inconsciente.

sábado, 2 de marzo de 2013

Los siete placeres

El otro día hablaban en la sauna de cuáles son los siete mayores placeres. Mencionaron la lista completa y luego empezaron las conjeturas: ¿cuántos a la vez se pueden combinar, y cuáles?

Yo tengo mis propios placeres. Uno es la música. Es tan absoluto, que me cuesta combinarlo con los otros. Me absorbe. Me lleva al trance. Lo mismo me sucede a veces cuando bailo, pero menos. Y otro de los mayores que tengo es el deporte ejercicio físico (supongo que para algunos, el nirvana sea una forma de gol eterno).

Al final pondré la lista, pero ¿cuáles tienen ustedes? Y ¿cuáles creen que son los placeres mayores que puede tener el ser humano?

La discusión siguió adelante. A mí algunos no me parecían placeres, sino formas de alivio. Que el alivio sea una forma de placer, no lo discuto: pero el trasfondo de una caricia y de un rascado es diferente, en aquélla siendo que buscas mejorar tu situación desde un punto, digamos, neutro, mientras que en el rascado buscas solucionar un problema (el picor) para llegar al punto neutro.

Hace unos años estuve en Estambul con un viaje de fin de curso. Visitamos un hammam. Al acabar el masaje, nos metimos varios en un espacio con una fuente de agua fría y cubetas, con las que nos echábamos el agua fría por la cabeza, intentando enfriar el cuerpo. Uno de mis estudiantes dijo, en un momento, que eso era mejor que un orgasmo. En esas se dieron cuenta de que había un profesor con ellos, todos se callaron y me miraron. Yo no pude evitarlo. Dije, muy serio: "Hay una diferencia: esto se puede repetir cuantas veces quieras".

Pero hay otras. Dependiendo de la sensibilidad del oyente, ciertas piezas musicales le pueden llevar a situaciones de transposición superiores a cualquiera aportada por el tacto, sexo incluido. La diferencia, en este caso, no estriba sólo en la posibilidad de repetir una y otra vez, sino en el tiempo transcurrido en éxtasis. Ninguna experiencia de lo palpable (ni siquiera el baile), hasta hoy, me ha tenido traspuesto durante cinco o diez minutos seguidos. No exagero al contarlo, sólo lo vivo de forma exagerada. A Dios gracias.

¿Y cuáles son los famosos siete placeres? ¿Ya han pensado los que podrían ser? Les añado la lista, con mi opinión de si es placer real o más bien alivio.

La lista que me dijeron era la siguiente:
  1. comer (p)
  2. beber (p)
  3. hacer el amor (p)
  4. lavarse (p)
  5. defecar (a)
  6. orinar (a)
  7. dormir (¿¿??)
Lo del dormir es algo que no me explico... Si fuera descansar, lo pondría entre los alivios, pero es que yo, personalmente, cuando estoy durmiendo no me entero.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Introducción a la creatividad.

¿Qué es la creatividad? Para algunos, ser creativo es dibujar algo en el margen de los apuntes. Para otros, es inventar el dibujo. Para unos terceros, utilizar el dibujo con una finalidad. ¿Tienen razón todos? Y si es así, ¿existen diferentes tipos de creatividad, o es todo una variedad de lo mismo? ¿Implica diferentes procesos mentales (psicología) o cerebrales (neurología) realizar diferentes tareas? ¿Se refiere la creatividad, como creen algunos, tan sólo al arte, o existe en otros campos? ¿Es posible aprender a ser creativo en cualquiera de las formas mencionadas? Y ya puestos, ¿se aprende algo nuevo, o tan sólo se desarrolla una capacidad que se tiene o no se tiene? En el supuesto de que el ser humano es creativo por naturaleza, ¿qué nos impide serlo constantemente y en todos los campos? ¿Cuándo son la creatividad o sus limitaciones una ventaja o un inconveniente para la vida real? ¿Es la creatividad una virtud, como afirman algunos?

Voy a intentar contestar a algunas de estas preguntas en varias entradas de bitácora; o más bien, lo que haré será opinar sobre ellas desde mi limitado punto de vista. De momento, las dejo aquí para que reflexionen quienes quieran por adelantado. Y si alguien quiere mandar comentarios antes de leer los míos sucesivos, adelante: prefiero los debates a los discursos.

lunes, 28 de marzo de 2011

Otolismo

Otolismo es el nombre de una nueva fe. La fe de fes.

Los otolistas, como biólogos, creen que no existe una única especie humana, sino varias, compatibles entre sí biológicamente (léase combinables genéticamente, tj. sexo), pero de características tales que les supone increíblemente difícil vivir juntos, no digamos ya llevar estilos de vida similares (comer lo mismo, levantarse a la misma hora, visitar al mismo psiquiatra, etc.), porque lo que a uno le salva la vida, a otro lo mata.

Además, los otolistas, como filósofos, creen que el hombre se crea un Dios a la medida de sus necesidades, complejos, traumas y un largo etcétera de circunstancias que son únicas para cada individuo.

Por ende, cada persona tiene unas creencias ligera o radicalmente diferentes.

Como teólogos, los otolistas creen que Dios tiene algo diferente para cada ser humano. Para unos tiene el Catolicismo, para otros el Islam, para otros el Budismo, para otros religiones radicales como el Ateísmo, para otros distintas combinaciones de fes y filosofías, etcétera etcétera.

Sabiendo eso, un otolista auténtico es aquél que respeta cualquier creencia de los demás que sea respetuosa con las demás. La única verdad absoluta es que nadie se toma un café con Dios para discutir temas de religión, y que cualquier información proveniente de Dios o supuestamente divina estará probablemente filtrada por un cerebro humano. Cada persona es quien debe decidir en qué creer, sea en Dios, en el Universo, en la Gente, en el Gobierno, en Satanás o en Nada.

La fe otólica admite la religión y el ateísmo. No admite imposiciones. No admite generalizaciones. No hay una fe verdadera si es impuesta. Las únicas fes que valen son aquellas que parten del interior del individuo, quedándose algunas en él y compartiéndose otras, o compartiéndose a veces.

Según el otolismo, cualquiera que crea que hay una única fe válida para la Humanidad entera y no deje espacio a otras posibilidades no impositivas, muy probablemente esté equivocado.

Ni que decir tiene que es posible tener creencias católicas, judías, musulmanas, bahai, budistas o ateas y ser otolista al mismo tiempo. Sólo hace falta apertura mental, respeto y tolerancia.

Continuará.

martes, 15 de marzo de 2011

La luna y el terremoto

Sobre el siguiente artículo de yahoo:

http://es.noticias.yahoo.com/blogs/ciencia_cultura/la-superluna-y-el-terremoto-en-japn-p11944.html

Estoy de acuerdo con lo dicho por el periodista. Punto.

Personalmente, la astrología me resulta curiosa, pero no es ley, ni para las mentes, ni para los destinos, ni tampoco para los movimientos de placas tectónicas. Habiendo dicho eso, los pescadores de costa, y no sólo ellos, saben que las mareas están influidas por la luna, de modo que las mareas vivas (con mayor coeficiente, léase, cuando más diferencia de altura hay entre marea alta y marea baja) coinciden con la luna nueva y la luna llena, mientras que las mareas muertas (las menos intensas) coinciden con los cuartos. Basta consultar una tabla de mareas para comprobarlo, y por si nos quedan dudas, bajar a la playa (yo lo he hecho muchas veces - bajen y juzguen por sí mismos, no me crean sólo por leerme). Además, las mareas más vivas del año coinciden con las lunas llenas o nuevas más próximas a los equinoccios (21 de marzo y 21 de septiembre).

Léase, que de provocar la luna un efecto sobre las mareas, las del mar o las del manto terrestre, debería de provocarlo en luna llena o nueva, y no en cuarto creciente, como estaba el 11 de marzo.

Otra cosa diferente es el efecto que produzca, teóricamente, sobre las mentes de las personas. No he encontrado ninguna información fiable en literatura acerca de esto, ni en psicología, ni el leyes, ni en medicina. Sin embargo, conozco varios sonámbulos, cuyas crisis vienen siempre con luna llena; y como profesor, veo que influye a algunos adolescentes (a ALGUNOS, no a todos y ¡sólo a una minoría! eso sí, normalmente chicos, y no chicas), que están más alterados, más provocadores, algunos más agresivos, en los días más cercanos a una luna llena. Si será porque lo miran en el calendario, si será inconscientemente, si será percepción de algunos docentes, si será, en definitiva, por la luna, o por otra "casualidad" que se repita siempre con un ciclo igual al de la luna, eso ya les dejo a otros que lo decidan... Por cierto, que esto lo he observado también en clases donde no había chicas, así que no busquen una explicación olfativo-hormonal (aunque quién sabe).

En definitiva, que quizá tan sólo algunas personas estén alterándose por anticipado pensando en la llegada de otro, y nada más que otro, plenilunio en perigeo. Y eso no se llama luna, sino autosugestión.