En algunas versiones de los diez mandamientos, no aparece el "No mentirás" que tenemos todos tan asumido, sino "No dirás falso testimonio" o "No calumniarás a tu prójimo". Algo en esa línea, vamos. Que puedes decir una mentira piadosa. Que puedes mentirte a ti mismo. Llevado al extremo que presenta Sam Harris, que, admitiendo la posibilidad de matar a alguien en defensa propia, también puedes decir una mentira para escapar de un peligro inminente. Y no pasa tanto.
Y yo hoy me preguntaba por qué cierta persona me negó ayer el saludo... vamos, que directamente ignoró mi presencia. Sin ir a nombres, resulta que dicha persona está en una relación destructiva. Y resulta que su pareja, el agente de destrucción ajena, sabe que yo tengo su esencia calada. Por tanto, teme que me meta en un juego en el que no pensaba meterme (ni creo que lo haga). Ese temor, en alguien que miente más que habla, probablemente produzca un único tipo de conducta: la mentira. Ahora bien, quien provoca ese temor, en sus ojos, no es su reprobable actitud, sino el que alguien pueda levantar la tapa. Hay que impedir que la tapa quiera ser levantada. Hay que conseguir que la tapa huya de la mano antes de que la mano siquiera se acerque, con la intención que sea.
Es lógico. Es harto probable. Sin embargo, no tiene por qué ser cierto. O no todavía.
Hay que conseguir que el otro parezca alguien inferior a quien uno es. Lo vamos a transformar en sub-ego. Su calidad humana no nos llega a la altura del betún, y es mejor que no le hables. Que te enfades con él antes de decir jau. Que lo evites.
Eso se puede conseguir también con un super-otro. Un superhombre que nos viene de perlas. Hace años, una chica de nuestra Tribu se puso a salir con un compañero mío de mili. Hasta ahí, nada de particular. Sabíamos que él había tenido una novia, parece ser que lo habían dejado, etcétera, nunca la conocimos en persona (véase mi bitácora anterior y reflexiónese sobre el cuán en serio te tomas una relación, si no estás por presentar tu pareja a tus amigos y familiares). El caso es que nuestra amiga y mi compañero comenzaron a verse más a solas y menos con el resto de nosotros, que seguimos haciendo nuestra vida, sin más.
Un tiempo después (tiempo de aquéllos, en que las semanas eran como nuestros años de hoy) conocimos a dos chicas. Muy, muy majas. Quedamos una vez, y otra, y una más, ya salían con nosotros, lo pasábamos muy bien charlando, bailando, todo muy inocente y, hasta cierto punto, superficial. Mas hete aquí que, un día, coincidimos con un conocido común. Otro compi de mili. Una de las chicas, de pronto, me dijo
—Así que tú eres el famoso Jorge, después de todo...
—¿Qué famoso Jorge?
—El amigo de (mi compañero de mili). Te imaginaba totalmente diferente. Si supieras cómo habla de ti, que si Jorge hace esto, que si Jorge hace lo otro, Jorge es maravilloso, no puedo quedar contigo porque he quedado con mi amigo Súper Jorge... No te haces idea de lo que yo odiaba al Jorge que me presentaba.
Sí, puede que mi ego engordara. Pero aquello no era más que una mentira. Y supongo que se ve clara su finalidad. La chica ató cabos rápidamente. Nosotros aún no sabíamos nada.
—Así que vuestra amiga "Y", ésa a la que aún no conozco porque está siempre con su novio... ése con el que está saliendo... es mi novio —concluyó la chica.
Hay varias diferencias entre los dos casos que presento. El primero, en esta ocasión, es sólo un temor mío, una sospecha, fundada tan sólo en mi conocimiento de los actores... y en haber visto suceder algo parecido en múltiples ocasiones, ya que es lo más fácil: poner al otro pingando. El segundo caso es un hecho, y es relativamente menos frecuente: conseguir que odien y eviten a alguien a través de elogiar a ese alguien. Por otro lado, ambos casos coinciden en que, para elaborar la imagen ficticia del otro,
uno bien puede basarse tan sólo en los fragmentos adecuados de la verdad.
Vamos, que para qué decir mentiras, si se puede engañar con hechos parciales.
Presentar a otro como un super-otro puede crear una figura abstracta odiosa a la que los demás no quieran conocer. No hace falta poner al otro a bajar de un burro: nuestra mentira nos estará encaminando a nuestro objetivo — que, como en el primer caso, está ligado a un ligue de temporada.
Pero el que es mentiroso no cambia. Al menos, yo no creo que lo haga. No digo que alguien no necesite mentir en un momento dado de su vida, o una temporada; no es lo mismo mentir que ser mentiroso, al igual que no es lo mismo tener el pelo rubio y ser rubio (por citar un color). Y hasta ahí, nada en particular: miente lo que quieras sobre tu vida, sobre tus sueños, sobre tus hechos, sobre tus habilidades. Si es pecado o no, la mayoría de eso no será delito salvo que estés declarando en un juicio. Pero mi reputación, en positivo o en negativo, déjala tranquila—porque la calumnia es pecado y es delito. Y no creo que esa coincidencia sea casualidad.
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miércoles, 20 de abril de 2016
Otro de mentiras: de superotros y subegos.
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martes, 19 de abril de 2016
Vergüenzas ajenas
Uy, qué horror, el de los tiempos aquéllos en que nos veían nuestros amigos con nuestros padres... O nuestros padres con aquella chica que nos gustaba... O nuestros amigos con esa amiga, o nuestra amiga con aquel amigo... Qué horror. Menos mal que ya no tenemos quince años y no tenemos que presumir de amigas guapas y de amigos guays y de padres jóvenes con espíritu moderno y comprensivo.
Ahora somos adultos, ¿no?
Ahora llega el momento en el que tenemos que comprender que no es lo mismo ser (según para quién) un profesor guay en el colegio y que las (y los) estudiantes vengan a hablar contigo en los pasillos o se sienten a tu lado a la hora de la comida o se apunten a éste o aquel evento que organizas o todo ello y más... No es lo mismo eso que encontrarse con el profe de forma inesperada en un espacio público donde, lo siento, eres el enemigo y me da vergüenza que me vean hablando contigo.
Porque todos hemos tenido quince años ☺. Y el primer pensamiento es... ¿qué está pasando? ¿He hecho algo mal? ¿He dicho algo inoportuno? ¿He llegado en mal momento?
Sí, Jorge: has saludado a quien no debías (desde su punto de vista) quince o veinte años antes de tiempo. Y no, no eres tan guay. Creído, sí, pero guay, pues no. O no lo suficiente, tío. Comprende.
Y yo comprendo y reflexiono pero sin darme cuenta, porque con la misma he apartado el encuentro de mi cabeza, al menos de forma consciente. Por los caminos subconscientes del pensamiento, entro a la piscina y mientras nado, reflexiono sobre la vergüenza de que nos vean con alguien. Porque coincide que, antes de este encuentro, he visto a cierta persona conocida en grupo con otras y no he saludado por miedo a que le diera vergüenza que saludara (qué cosa más tonta... pero a veces pasa). Zambulléndome, doy un salto a un vacío neuronal del que salgo por peteneras, pensando en cuándo uno ama de verdad. Parece que no tiene nada que ver; pero hoy por hoy, cuando quiero a alguien (como amor romántico, platónico, paternal, filial, fraternal o de amistad, por citar algunos), quiero estar con esa persona, y me da igual quién me vea con esa persona, porque no me avergüenzo de estar a su lado y de haberla elegido para que pertenezca a mi vida, ni me avergüenzo del cariño que siento por ella. ¿Sí?
¿O no?
Pues no siempre. De pronto, me descubrí a mí mismo haciendo repaso mental de gente junto a la que hace años, quizá, me daba vergüenza que me vieran. Encontré dos grandes grupos. En uno de ellos, era por el comportamiento de esa gente. La gente cuyo comportamiento me avergüenza es gente a la que he ido descartando de mi vida, gradualmente. Y es que quiero tener compañía de calidad. Quiero que me identifiquen con gente de comportamiento cabal – aunque no siempre actúen de una forma con la que yo esté de acuerdo, pero que sean al menos coherentes con su propio código moral, que sean nobles, sinceros, constructivos, creativos, empáticos... por citar algunas características que valoro y de las que me gustaría contagiarme algún día.
Había (a lo peor, hay) un segundo gran grupo, que es el de aquéllos cuyo aspecto me hacía sentir incómodo en presencia de terceros. En este caso, lo que me hace avergonzarme no es el aspecto de los primeros, sino... el juicio de los terceros. Léase, que esos terceros, en realidad, caen en un grupo parecido al antes mencionado. Todavía no he llegado a la altura moral de que me avergüence que me vean con dichos terceros, pero como me siento incómodo cuando me ven con, llamémosles, mis queridos feos, y mis queridos feos son más importantes para mí que los criticones gilipollas bebidos de sí mismos, pues prefiero verme con gente fea que con gente tonta, y mi criba, nuevamente, me libera de gente cuya actitud (se comporten como se comporten), cuya opinión, está en disonancia con mis valores. Prefiero que me vean con gente del aspecto que sea que con gente snob.
Y digo mis queridos feos para que se me entienda. Primero, yo no quiero a gente fea, quizá porque mi concepto de belleza es diferente del de la mayoría. Y segundo, la belleza del alma es mucho más importante que la belleza del cuerpo. Y es un valor más estable, que aumenta con el tiempo, que se contagia (a veces), que se ve físicamente más y más cuanto más avanza el tiempo.
Un pensamiento tras otro, pensaba en que, cuando quiero a alguien (en cualquier tipo de relación social o personal), me gusta presumir de esa persona, que mis seres queridos se conozcan entre sí. Y sí, a veces un niño puede hacer algo... inesperado y que tú no harías, pero no es vergüenza lo que sientes, porque siempre tienes ese cariño del que presumir. Análogamente, cuando uno se enamora, debería querer que su pareja se conociera con la gente importante de su vida. Ahora bien, ¿y si la otra persona (pareja o no) no quiere presumir de ti, quiere esconderte de otras miradas, quiere esconderse de sus conocidos cuando está contigo...?
Uyyyy. Sospechoso. Puede haber muchos motivos. Uno es que la persona sea un vástago tuyo en plena edad del pavo, y entonces, retírate, pringao, no se lo hagas pasar mal. Otro es que sea alguien muy, muy mentiroso que teme que se le descubra algún pastel. Otro es que esa persona, en realidad, no te aprecie tanto como te quiere hacer creer. Y hay muchos motivos más.
Y también puede ser que, aunque tengas el cuerpo de un dios griego visto por el Greco, no sea la ocasión más idónea para ver tu cara de momia egipcia. Vete a tu urna en el museo y no te preocupes si el público no aprovecha la entrada gratuita. Ya vendrán días mejores. Aprovecha para descansar. O para escribir en tu bitácora. Por ejemplo.
Ahora somos adultos, ¿no?
Ahora llega el momento en el que tenemos que comprender que no es lo mismo ser (según para quién) un profesor guay en el colegio y que las (y los) estudiantes vengan a hablar contigo en los pasillos o se sienten a tu lado a la hora de la comida o se apunten a éste o aquel evento que organizas o todo ello y más... No es lo mismo eso que encontrarse con el profe de forma inesperada en un espacio público donde, lo siento, eres el enemigo y me da vergüenza que me vean hablando contigo.
Porque todos hemos tenido quince años ☺. Y el primer pensamiento es... ¿qué está pasando? ¿He hecho algo mal? ¿He dicho algo inoportuno? ¿He llegado en mal momento?
Sí, Jorge: has saludado a quien no debías (desde su punto de vista) quince o veinte años antes de tiempo. Y no, no eres tan guay. Creído, sí, pero guay, pues no. O no lo suficiente, tío. Comprende.
Y yo comprendo y reflexiono pero sin darme cuenta, porque con la misma he apartado el encuentro de mi cabeza, al menos de forma consciente. Por los caminos subconscientes del pensamiento, entro a la piscina y mientras nado, reflexiono sobre la vergüenza de que nos vean con alguien. Porque coincide que, antes de este encuentro, he visto a cierta persona conocida en grupo con otras y no he saludado por miedo a que le diera vergüenza que saludara (qué cosa más tonta... pero a veces pasa). Zambulléndome, doy un salto a un vacío neuronal del que salgo por peteneras, pensando en cuándo uno ama de verdad. Parece que no tiene nada que ver; pero hoy por hoy, cuando quiero a alguien (como amor romántico, platónico, paternal, filial, fraternal o de amistad, por citar algunos), quiero estar con esa persona, y me da igual quién me vea con esa persona, porque no me avergüenzo de estar a su lado y de haberla elegido para que pertenezca a mi vida, ni me avergüenzo del cariño que siento por ella. ¿Sí?
¿O no?
Pues no siempre. De pronto, me descubrí a mí mismo haciendo repaso mental de gente junto a la que hace años, quizá, me daba vergüenza que me vieran. Encontré dos grandes grupos. En uno de ellos, era por el comportamiento de esa gente. La gente cuyo comportamiento me avergüenza es gente a la que he ido descartando de mi vida, gradualmente. Y es que quiero tener compañía de calidad. Quiero que me identifiquen con gente de comportamiento cabal – aunque no siempre actúen de una forma con la que yo esté de acuerdo, pero que sean al menos coherentes con su propio código moral, que sean nobles, sinceros, constructivos, creativos, empáticos... por citar algunas características que valoro y de las que me gustaría contagiarme algún día.
Había (a lo peor, hay) un segundo gran grupo, que es el de aquéllos cuyo aspecto me hacía sentir incómodo en presencia de terceros. En este caso, lo que me hace avergonzarme no es el aspecto de los primeros, sino... el juicio de los terceros. Léase, que esos terceros, en realidad, caen en un grupo parecido al antes mencionado. Todavía no he llegado a la altura moral de que me avergüence que me vean con dichos terceros, pero como me siento incómodo cuando me ven con, llamémosles, mis queridos feos, y mis queridos feos son más importantes para mí que los criticones gilipollas bebidos de sí mismos, pues prefiero verme con gente fea que con gente tonta, y mi criba, nuevamente, me libera de gente cuya actitud (se comporten como se comporten), cuya opinión, está en disonancia con mis valores. Prefiero que me vean con gente del aspecto que sea que con gente snob.
Y digo mis queridos feos para que se me entienda. Primero, yo no quiero a gente fea, quizá porque mi concepto de belleza es diferente del de la mayoría. Y segundo, la belleza del alma es mucho más importante que la belleza del cuerpo. Y es un valor más estable, que aumenta con el tiempo, que se contagia (a veces), que se ve físicamente más y más cuanto más avanza el tiempo.
Un pensamiento tras otro, pensaba en que, cuando quiero a alguien (en cualquier tipo de relación social o personal), me gusta presumir de esa persona, que mis seres queridos se conozcan entre sí. Y sí, a veces un niño puede hacer algo... inesperado y que tú no harías, pero no es vergüenza lo que sientes, porque siempre tienes ese cariño del que presumir. Análogamente, cuando uno se enamora, debería querer que su pareja se conociera con la gente importante de su vida. Ahora bien, ¿y si la otra persona (pareja o no) no quiere presumir de ti, quiere esconderte de otras miradas, quiere esconderse de sus conocidos cuando está contigo...?
Uyyyy. Sospechoso. Puede haber muchos motivos. Uno es que la persona sea un vástago tuyo en plena edad del pavo, y entonces, retírate, pringao, no se lo hagas pasar mal. Otro es que sea alguien muy, muy mentiroso que teme que se le descubra algún pastel. Otro es que esa persona, en realidad, no te aprecie tanto como te quiere hacer creer. Y hay muchos motivos más.
Y también puede ser que, aunque tengas el cuerpo de un dios griego visto por el Greco, no sea la ocasión más idónea para ver tu cara de momia egipcia. Vete a tu urna en el museo y no te preocupes si el público no aprovecha la entrada gratuita. Ya vendrán días mejores. Aprovecha para descansar. O para escribir en tu bitácora. Por ejemplo.
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domingo, 1 de marzo de 2015
¿Estás estudiando? No lo sabía...
Puede que sea demasiado borde. Podéis saltaros la bitácora entera e ir directamente al EJERCICIO del final.
Cierto, queda fuera del alcance del común de los mortales seguir todas las actualizaciones de todos los contactos en todas las redes sociales. Además, no he hecho tanta publicidad de ello (aunque lo mencioné en esta bitácora, entre otros lugares). Ya he dicho varias veces: hay gente que pregunta por interés en mi persona, o con cariño, y así, la misma pregunta de personas diferentes "suena" diferente. Por otro lado, hay preguntas lógicas, como por ejemplo:
- ¿Qué estudias?
- ¿Cómo van tus estudios?
- ¿Estás contento? (cfs con el "sigues" mencionado más adelante)
- ¿Puedo escuchar algo de lo que haces?
- ¿Qué has aprendido?
- ¿En qué sentido ha cambiado tu música?
- ¿Cómo ha cambiado tu percepción de la música?
Ésas son preguntas que me han hecho, que son lógicas, que pueden dar pie a un intercambio de opiniones (porque lo uno lleva a lo otro y al final acabamos hablando los dos interlocutores). Son preguntas que me gustan, y están presentadas en orden aproximado de frecuencia, siendo la primera la más común de esta lista. Son además preguntas cuyas respuestas van cambiando con el tiempo (excepto la primera, de momento), y por tanto no me aburre contestarlas.
Hay preguntas relativamente lógicas, pero administrativas, que me hastían soberanamente. Eso no es culpa del interlocutor, evidentemente.
¿Dónde estudias?
- A distancia [...]
¿Cómo haces los exámenes?
- No hay exámenes, hay trabajos, proyectos...
¿Por qué esa escuela y no otra?
- Por multitud de motivos.
¿En qué ciudad está eso?
- Qué más te da. Y yo no me acuerdo.
Pero veamos algunas otras preguntas que ya he mencionado en otros lugares, a cuyas respuestas no parece haber prestado atención mucha gente, a tenor de que se me sigue preguntando lo mismo (y ya contesto con piloto automático - me parezco al google, te doy la respuesta antes de que termines la pregunta). Incluyo comentarios de fuera del tiesto. Quizá me acuerde más tarde de algunas preguntas y las incluya. Obsérvese que, prestando la atención merecida a la primera de la lista anterior, cada uno puede encontrar mucho de aquello por lo que curiosea con un vistazo a la red, lo que parece ser demasiado trabajoso.
¿Para qué estudias?
- Para aprender.
¿Qué vas a sacar de eso? ¿Qué tendrás cuando termines?
- Ya estoy sacando. Estoy aprendiendo.
¿Cuántos años son?
- No lo sé. Me da igual. Son siete cursos de duración abierta. Llevo casi tres años.
¿Y vas a estudiar hasta el final?
- No sé. ¿Vas a vivir tú hasta el final?
A mí no se me ocurriría estudiar ahora.
- Ya. Por eso estudio yo y no tú.
¿Cuánto te cuesta?
- No me acuerdo. Pero tienen la información en sus páginas.
¿Qué título vas a tener?
- La titulación es algo así como Diplomado, creo. Pero me da igual.
¿Sigues contento?
- Sí.
¿Y si no puedes terminarlo, qué?
- Viva el optimismo. El día que no pueda seguir, que me quiten lo que llevo bailando.
¿Te van a pagar más en el trabajo?
- No lo he pensado, sigo sin pensarlo, y de suceder, será cosa mía y de mis jefes.
¿Vas a trabajar de ello?
- No. Me gusta mi trabajo. Esto es una afición.
Pero entonces, ¿por qué lo haces?
- Porque me gusta.
¿Nunca te han mandado a la mierda por borde?
- ¿Hay alguien un poco original por aquí cerca? Esta conversación ya huele.
Y lo que muy, muy, muy honrosas excepciones preguntan, y que ya mencioné al principio de esta bitácora, es: ¿Puedo escuchar algo de lo que haces?
¿Y qué es lo que nos quieres decir - que no te preguntemos?
En realidad, no es eso lo que quiero decir. Estas preguntas tan repetitivas, tan estereotipadas, me llevan a reflexionar acerca de cuántas preguntas iguales, vacías, desinteresadas o morbosas o todo ello, hago yo a la gente a mi alrededor, en mi día a día. Alguna vez se nos acusa a los "creativos" de intentar ser originales a cualquier precio - pero el precio aquí es hacer que la conversación merezca la pena para ambas partes, y no que para una (si no para ambas) sea una pérdida de tiempo, una ficción de relación humana tras una máscara de vacuidades.
EJERCICIO: querido lector, querida lectriz, reflexiona ahora sobre las preguntas que se te ocurrirían si alguien te dijera que una tercera persona ha pasado a mejor vida.
Cierto, queda fuera del alcance del común de los mortales seguir todas las actualizaciones de todos los contactos en todas las redes sociales. Además, no he hecho tanta publicidad de ello (aunque lo mencioné en esta bitácora, entre otros lugares). Ya he dicho varias veces: hay gente que pregunta por interés en mi persona, o con cariño, y así, la misma pregunta de personas diferentes "suena" diferente. Por otro lado, hay preguntas lógicas, como por ejemplo:
- ¿Qué estudias?
- ¿Cómo van tus estudios?
- ¿Estás contento? (cfs con el "sigues" mencionado más adelante)
- ¿Puedo escuchar algo de lo que haces?
- ¿Qué has aprendido?
- ¿En qué sentido ha cambiado tu música?
- ¿Cómo ha cambiado tu percepción de la música?
Ésas son preguntas que me han hecho, que son lógicas, que pueden dar pie a un intercambio de opiniones (porque lo uno lleva a lo otro y al final acabamos hablando los dos interlocutores). Son preguntas que me gustan, y están presentadas en orden aproximado de frecuencia, siendo la primera la más común de esta lista. Son además preguntas cuyas respuestas van cambiando con el tiempo (excepto la primera, de momento), y por tanto no me aburre contestarlas.
Hay preguntas relativamente lógicas, pero administrativas, que me hastían soberanamente. Eso no es culpa del interlocutor, evidentemente.
¿Dónde estudias?
- A distancia [...]
¿Cómo haces los exámenes?
- No hay exámenes, hay trabajos, proyectos...
¿Por qué esa escuela y no otra?
- Por multitud de motivos.
¿En qué ciudad está eso?
- Qué más te da. Y yo no me acuerdo.
Pero veamos algunas otras preguntas que ya he mencionado en otros lugares, a cuyas respuestas no parece haber prestado atención mucha gente, a tenor de que se me sigue preguntando lo mismo (y ya contesto con piloto automático - me parezco al google, te doy la respuesta antes de que termines la pregunta). Incluyo comentarios de fuera del tiesto. Quizá me acuerde más tarde de algunas preguntas y las incluya. Obsérvese que, prestando la atención merecida a la primera de la lista anterior, cada uno puede encontrar mucho de aquello por lo que curiosea con un vistazo a la red, lo que parece ser demasiado trabajoso.
¿Para qué estudias?
- Para aprender.
¿Qué vas a sacar de eso? ¿Qué tendrás cuando termines?
- Ya estoy sacando. Estoy aprendiendo.
¿Cuántos años son?
- No lo sé. Me da igual. Son siete cursos de duración abierta. Llevo casi tres años.
¿Y vas a estudiar hasta el final?
- No sé. ¿Vas a vivir tú hasta el final?
A mí no se me ocurriría estudiar ahora.
- Ya. Por eso estudio yo y no tú.
¿Cuánto te cuesta?
- No me acuerdo. Pero tienen la información en sus páginas.
¿Qué título vas a tener?
- La titulación es algo así como Diplomado, creo. Pero me da igual.
¿Sigues contento?
- Sí.
¿Y si no puedes terminarlo, qué?
- Viva el optimismo. El día que no pueda seguir, que me quiten lo que llevo bailando.
¿Te van a pagar más en el trabajo?
- No lo he pensado, sigo sin pensarlo, y de suceder, será cosa mía y de mis jefes.
¿Vas a trabajar de ello?
- No. Me gusta mi trabajo. Esto es una afición.
Pero entonces, ¿por qué lo haces?
- Porque me gusta.
¿Nunca te han mandado a la mierda por borde?
- ¿Hay alguien un poco original por aquí cerca? Esta conversación ya huele.
Y lo que muy, muy, muy honrosas excepciones preguntan, y que ya mencioné al principio de esta bitácora, es: ¿Puedo escuchar algo de lo que haces?
¿Y qué es lo que nos quieres decir - que no te preguntemos?
En realidad, no es eso lo que quiero decir. Estas preguntas tan repetitivas, tan estereotipadas, me llevan a reflexionar acerca de cuántas preguntas iguales, vacías, desinteresadas o morbosas o todo ello, hago yo a la gente a mi alrededor, en mi día a día. Alguna vez se nos acusa a los "creativos" de intentar ser originales a cualquier precio - pero el precio aquí es hacer que la conversación merezca la pena para ambas partes, y no que para una (si no para ambas) sea una pérdida de tiempo, una ficción de relación humana tras una máscara de vacuidades.
EJERCICIO: querido lector, querida lectriz, reflexiona ahora sobre las preguntas que se te ocurrirían si alguien te dijera que una tercera persona ha pasado a mejor vida.
- Haz una lista de esas preguntas por escrito antes de pasar al número 2.
- ¿Cuántas de esas preguntas son originales?
- ¿Cuáles de esas preguntas harán sentirse bien al preguntado?
- ¿Cuáles de esas preguntas muestran un cariño desinteresado por preguntado y/o fallecido?
- ¿Cómo van a cambiar tu vida, o cómo podrían cambiarla, las posibles respuestas?
- ¿Qué preguntas de esas estarías dispuesto/a a contestar 15 veces si un día falleciera alguien muy, muy querido? ¿También 150 veces?
- ¿Qué preguntas (o sus respuestas) te gustaría ver de boca en boca si fueran sobre alguien muy querido para ti?
- Relee las preguntas. ¿Eliminarías alguna? ¿Modificarías alguna? ¿Añadirías algunas más?
- Ahora, obsérvate durante 24 horas. ¿Cuántas de las preguntas que haces asiduamente en diversos ámbitos merecen una reflexión así? ¿Cuántos ámbitos se te ocurren?
- En última instancia, caben otras reflexiones: ¿por qué lo hacemos? ¿cómo nos sentimos? ¿cómo ayuda a otros funcionar con este estereotipo? Y un largo etcétera.
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