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miércoles, 18 de marzo de 2020

Acompralipsis

Acabo de ir a la compra después de cuatro días encerrado en casa. En estos días, la sociedad checa ha pasado de anunciar el cierre de fronteras para dos días más tarde, de cerrar los restaurantes de ocho de la noche a seis de la mañana y de no permitir las reuniones de más de 30 personas a la situación actual: prohibición de salir de casa sin mascarilla, las compras de 10 a 12 están permitidas sólo a los mayores de 65 años, cierre total de fronteras, horarios reducidos en todo, semi-cuarentena al país entero (salir sólo para lo más imprescindible).

Yo tenía que salir a por pan. O quería salir a por pan. Podría habérmelo cocido en casa, quizá, con harina, bicarbonato, agua y lo que internet me sugiriere. Fui a última hora del día (sobre las 19:45), más que nada porque mientras Lorenzo alumbra, las calles están llenas de familias con niños y sin mascarilla. Y mientras que me alegra mucho ver a las familias pasando tiempo juntas y a los niños poder disfrutar de tiempo extra con sus padres, los niños son impredicibles y no me apetece coger ningún bicho. Llámenme paranoico, pero sus creencias no son mi certeza.

En el supermercado y áreas colindantes, la gente mantiene en general la distancia. Hay menos gente de lo habitual en esta época, día de la semana y hora. Algunas personas apartan su carrito, casi de modo angustioso, para dejarte pasar y no molestarte, o eso dicen sus miradas. Otras personas se apartan con la angustia de que podrías ser un malhechor dispuestos a contagiarles lo peor de lo peor de un modo más intencional aún que el de Creysidí. Unas terceras ven que vas a un estante, cambian su rumbo para ponérsete en medio y se ponen delante, haciendo como que miran y se van sin llevarse nada. Otra, una, realmente, busca y no encuentra: busca qué era eso que te ha llamado la atención. Con la misma, se va. Una persona más se para, encuentra lo que yo quería, coge todo lo que puede, se le cae uno al suelo, me mira con la expresión conocedora de que no hay lugar para la amabilidad en los tiempos de la peste. Al señor le cuesta agacharse, aunque no me parecía tan mayor para ser tan poco ágil. La que supervisa las cajas sin personal tiene el gesto cansado y amable a partes iguales, se olvida de mantener la distancia y yo no sé si agradecérselo, porque hasta un ser asocial como yo se siente algo desamparado. Pero me doy cuenta cuando ya me he ido de que he estado ¡cerca de un ser humano!

Meto la compra en la mochila. Una mujer sale a paso apresurado y, al doblar la esquina, me ve. Hace un quiebro brusco para evitarme. Bendito miedo: si no es por él, se me come.

Llego a casa y, ya vestido, salgo a tirar la basura que ya tenía preparada. Voy por la acera. Un joven va en bici por la carretera, hablando por el móvil en voy bastante alta, sin casco ni luces (por supuesto) pero al menos lleva mascarilla. Me ve. Hace un quiebro brusco, esta vez para subirse a la acera e irme al encuentro. Mi calle es peatonal: no necesita ir por la acera para evitar coches (que no circulan en este preciso instante ni prácticamente en todo el día). Yo me aparto, cortésmente (p.i.). Pasa a mi lado, gritando a su interlocutor, con un gesto que parece decir "espero que te pienses que te grito a ti" que me sorprende. No es hasta varios minutos después que recuerdo que las bicicletas no tienen permitido ir por la acera. Ato cabos. Da igual que se acabe si se está acabando el mundo o no, hay gente que no regatea en esfuerzos para intentar molestar a los demás, les salga bien o no.

Y yo no me acuerdo ni de su cara. Es más, aunque estoy escribiendo esta entrada como reflexión y como pequeño diario de pandemia (como están haciendo tantos otros), con lo que me voy a ir hoy a la cama es con los grupos renovados de WhatsApp en un momento en el que la gente se busca con tiempo y con ganas, buscando y ofreciendo un tono amable. Hoy me iré a la cama con el gesto de la comunidad vietnamita de la Rep. Checa, que están ofrenciendo tentempiés gratuitos al personal sanitario, a la policía, a los bomberos. Hoy me iré a la cama pensando en esos amigos que, cuando llega la noche, repasan a toda la gente amable que se han cruzado durante el día y los eventos bonitos (si no tienes amigos así, conviértete en uno y que cunda el ejemplo). Hoy me dormiré con una sonrisa en los labios porque ha pasado otro día y sigo vivo y sano.

Me quedan menos de cuarenta y ocho horas para romper mi ayuno de azúcar blanco. ¡Y tengo muuuucho chocolate en casa!

martes, 19 de abril de 2016

Vergüenzas ajenas

Uy, qué horror, el de los tiempos aquéllos en que nos veían nuestros amigos con nuestros padres... O nuestros padres con aquella chica que nos gustaba... O nuestros amigos con esa amiga, o nuestra amiga con aquel amigo... Qué horror. Menos mal que ya no tenemos quince años y no tenemos que presumir de amigas guapas y de amigos guays y de padres jóvenes con espíritu moderno y comprensivo.

Ahora somos adultos, ¿no?

Ahora llega el momento en el que tenemos que comprender que no es lo mismo ser (según para quién) un profesor guay en el colegio y que las (y los) estudiantes vengan a hablar contigo en los pasillos o se sienten a tu lado a la hora de la comida o se apunten a éste o aquel evento que organizas o todo ello y más... No es lo mismo eso que encontrarse con el profe de forma inesperada en un espacio público donde, lo siento, eres el enemigo y me da vergüenza que me vean hablando contigo.

Porque todos hemos tenido quince años ☺. Y el primer pensamiento es... ¿qué está pasando? ¿He hecho algo mal? ¿He dicho algo inoportuno? ¿He llegado en mal momento?

Sí, Jorge: has saludado a quien no debías (desde su punto de vista) quince o veinte años antes de tiempo. Y no, no eres tan guay. Creído, sí, pero guay, pues no. O no lo suficiente, tío. Comprende.

Y yo comprendo y reflexiono pero sin darme cuenta, porque con la misma he apartado el encuentro de mi cabeza, al menos de forma consciente. Por los caminos subconscientes del pensamiento, entro a la piscina y mientras nado, reflexiono sobre la vergüenza de que nos vean con alguien. Porque coincide que, antes de este encuentro, he visto a cierta persona conocida en grupo con otras y no he saludado por miedo a que le diera vergüenza que saludara (qué cosa más tonta... pero a veces pasa). Zambulléndome, doy un salto a un vacío neuronal del que salgo por peteneras, pensando en cuándo uno ama de verdad. Parece que no tiene nada que ver; pero hoy por hoy, cuando quiero a alguien (como amor romántico, platónico, paternal, filial, fraternal o de amistad, por citar algunos), quiero estar con esa persona, y me da igual quién me vea con esa persona, porque no me avergüenzo de estar a su lado y de haberla elegido para que pertenezca a mi vida, ni me avergüenzo del cariño que siento por ella. ¿Sí?

¿O no?

Pues no siempre. De pronto, me descubrí a mí mismo haciendo repaso mental de gente junto a la que hace años, quizá, me daba vergüenza que me vieran. Encontré dos grandes grupos. En uno de ellos, era por el comportamiento de esa gente. La gente cuyo comportamiento me avergüenza es gente a la que he ido descartando de mi vida, gradualmente. Y es que quiero tener compañía de calidad. Quiero que me identifiquen con gente de comportamiento cabal – aunque no siempre actúen de una forma con la que yo esté de acuerdo, pero que sean al menos coherentes con su propio código moral, que sean nobles, sinceros, constructivos, creativos, empáticos... por citar algunas características que valoro y de las que me gustaría contagiarme algún día.

Había (a lo peor, hay) un segundo gran grupo, que es el de aquéllos cuyo aspecto me hacía sentir incómodo en presencia de terceros. En este caso, lo que me hace avergonzarme no es el aspecto de los primeros, sino... el juicio de los terceros. Léase, que esos terceros, en realidad, caen en un grupo parecido al antes mencionado. Todavía no he llegado a la altura moral de que me avergüence que me vean con dichos terceros, pero como me siento incómodo cuando me ven con, llamémosles, mis queridos feos, y mis queridos feos son más importantes para mí que los criticones gilipollas bebidos de sí mismos, pues prefiero verme con gente fea que con gente tonta, y mi criba, nuevamente, me libera de gente cuya actitud (se comporten como se comporten), cuya opinión, está en disonancia con mis valores. Prefiero que me vean con gente del aspecto que sea que con gente snob.

Y digo mis queridos feos para que se me entienda. Primero, yo no quiero a gente fea, quizá porque mi concepto de belleza es diferente del de la mayoría. Y segundo, la belleza del alma es mucho más importante que la belleza del cuerpo. Y es un valor más estable, que aumenta con el tiempo, que se contagia (a veces), que se ve físicamente más y más cuanto más avanza el tiempo.

Un pensamiento tras otro, pensaba en que, cuando quiero a alguien (en cualquier tipo de relación social o personal), me gusta presumir de esa persona, que mis seres queridos se conozcan entre sí. Y sí, a veces un niño puede hacer algo... inesperado y que tú no harías, pero no es vergüenza lo que sientes, porque siempre tienes ese cariño del que presumir. Análogamente, cuando uno se enamora, debería querer que su pareja se conociera con la gente importante de su vida. Ahora bien, ¿y si la otra persona (pareja o no) no quiere presumir de ti, quiere esconderte de otras miradas, quiere esconderse de sus conocidos cuando está contigo...?

Uyyyy. Sospechoso. Puede haber muchos motivos. Uno es que la persona sea un vástago tuyo en plena edad del pavo, y entonces, retírate, pringao, no se lo hagas pasar mal. Otro es que sea alguien muy, muy mentiroso que teme que se le descubra algún pastel. Otro es que esa persona, en realidad, no te aprecie tanto como te quiere hacer creer. Y hay muchos motivos más.

Y también puede ser que, aunque tengas el cuerpo de un dios griego visto por el Greco, no sea la ocasión más idónea para ver tu cara de momia egipcia. Vete a tu urna en el museo y no te preocupes si el público no aprovecha la entrada gratuita. Ya vendrán días mejores. Aprovecha para descansar. O para escribir en tu bitácora. Por ejemplo.

domingo, 17 de enero de 2016

El CD y los Masters del Universo

Todos somos injustos a veces. Todos hemos sido niños. Todos, en ocasiones, hacemos cosas que sabemos que están mal, y pese a ello las seguimos haciendo, sepamos o no por qué.

Andaba yo por cuarto o quinto de EGB cuando vi en la televisión un documental en el que presentaban la tecnología del CD, ese objeto que fue de uso cotidiano años después y que ahora parece estar cayendo en un cada vez mayor desuso. Yo estaba emocionado con lo que presentaban en el documental, un disco pequeño, que no se rayaba con tanta facilidad, en el que la información se conservaba para siempre, sin ruido de fondo... Aquella perfección tecnólatra que nos vendieron a todos, que nos creímos, que defendimos como la mejor... Cierto, hoy corren otros tiempos y muchos añoran el vinilo e incluso vuelven a él, pero en aquel entonces era un sueño.

Y yo, que ya por aquel entonces prometía en creérmelo todo, fui al colegio y se lo conté a unos cuantos compañeros. Vale, ya tenía yo fama de Antoñita la Fantástica, pero aquello ya me coronó, nadie me creyó, fui objeto de tal burla que, desde aquel instante, pasé a filtrar lo que decía y a guardarme... decir un 90% es poco (sí, sigo siendo verborreico a patás, lo cual no se contradice con el hecho de que filtro, y filtro mucho, supongo que por suerte para el mundo). Decidí que no merecía la pena comentar con mis compañeros de clase lo que yo veía en documentales mientras ellos veían partidos de fútbol. Probablemente sólo fuera mala suerte de contarle nada a las personas equivocadas...

¿Karma? Si piensas eso, es que eres tan gilipollas como otros mofones. El karma es otra cosa. ¿O puede el karma viajar hacia atrás en el tiempo?

Pasaron los años. ¿Sexto, séptimo de EGB? Llegó el grito de los Másters del Universo, He-Man, Skeletor y compañía. En España, para no variar, estas cosas nos llegaban con bastante retraso. En España, para no variar, no sabíamos de nuestro atraso. Estaba yo con mi amigo Ch. en el Club de Tiro de Santander, y estaba con nosotros su amigo... ¿Paco? Recuerde yo bien o no, llamémosle Paco. Un chaval majo, inteligente, con inquietudes, y con el que yo podría haber tenido una amistad como pocas en la vida, potencialmente. Sólo que Paco había estado en Francia o dónde, y sabía que, además de lo que se vendía en España, había también otros muñecos, que se llamaban así y asá y que tenían este aspecto y aquél. "Ch" se rió de él y a mí me entró la vena gilipollas y le hice a Paco lo que no me había gustado que me hicieran a mí, a sabiendas de que estaba haciendo algo que no estaba bien. Claro que, después de todo, mi amigo era Ch, y fuera aquello o no divertido, la solidaridad y la lealtad a mi amigo de toda la vida de los últimos meses eran más importantes que el comportamiento correcto ante alguien que conocía de una tarde. Nos reímos de él de lo lindo (o de lo no-lindo). Y pese a eso, luego fui a hablar con Ch y le dije que creía que no nos estábamos portando bien. Lo justifiqué mal (y ahí sí que creo que hice lo que pude con mis limitaciones cognitivas de la edad), diciendo que igual Paco estaba diciendo la verdad (en lugar de decirle "mira, estamos siendo unos imbéciles, vamos a pedirle perdón", que era lo que nos habríamos merecido los dos). Ch (quien estaba teniendo un mal día o tendría sus razones, porque siempre fue y sigue siendo una bellísima persona) me replicó que a Paco le estaba bien la mofa, porque siempre estaba con batallitas e imaginándose cosas para hacerse el interesante (¡!)

Paco a mí sólo me dijo que estaba muy decepcionado conmigo, que se pensaba que yo era una persona diferente.

Y el tiempo le dio la razón: a España llegaron los muñecos de los que él hablaba. Yo no tuve la oportunidad de volver a verle y pedirle disculpas, cosa que me habría encantado si hubiera podido (a eso sí que me llegaba por aquellas edades).

Quizá yo sólo me reí porque también se habían reído de mí antes. Qué se yo. Es una de esas vivencias en las que me encantaría poder viajar atrás en el tiempo y, con la perspectiva de un adulto, explicarme las cosas, sin enfados, simplemente hacerme ver lo correcto en el momento exacto. Pero entonces, quizá hoy no sería yo. Y tal vez, por esos caminos inexcrutables del Señor, Paco sea hoy más feliz gracias a aquella tarde estúpida cuyo recuerdo me incomoda aún hoy.

domingo, 29 de marzo de 2015

Una comedia sobre un infiel

No, que nadie se asuste. No pretendo escribir nada tan poco original como una comedia sobre un infiel. Ya hay demasiadas. El hombre que tiene el plan con su amante y de repente se ve envuelto en la red de sus propias mentiras para jolgorio del público.

Y alguien podría decirme "Pues algunas de esas comedias están bien". Quizá. Cuando te has visto diez o doce, si te siguen pareciendo que estás bien, creo que tú y yo no nos vamos a entender hablando de arte en general. Así de claro. Ni de nada. Te seguiré queriendo, pero evitaré hablar de nada serio contigo.

También alguien podría decir que está bien que se ridiculice al adúltero (o al que lo intenta, para el caso). Ya. Eso estaría bien si al acabar la obra, el interfecto recapacitara, o sufriera las consecuencias de su comportamiento. No es el caso. Al final, todo queda perdonado, olvidado u oculto, y al hijoputa no le pasa nada, que ya el pobre ha sufrido lo indecible durante las dos horas de "comedia". Angelito.

No hay pautas ejemplarizantes. Engañar a la prójima es la juerga padre. De hecho, es difícil decir si la gente se ríe más de los apuros del sinvergüenza o de lo tonta que es toda la gente que le cree sus patrañas. Como si no tuviéramos demasiado ya de eso en la vida.

¿Estoy exagerando? Veamos. ¿Qué pasaría si el hombre estuviera poniendo los cuernos a su mujer con otro hombre? ¡Ah, el maricón! ¡Que le cercenen las gónadas! Pocos simpatizarían con él (probablemente, ni los homosexuales), no es el ideal que tenemos codificado social y genéticamente, queremos una hoguera donde arda y sirva de escarmiento a los que compartan sus calenturas. Hasta ahí podíamos llegar.

¿Y si fuera una mujer? ¡La muy zorra! Eso no se hace, pobre marido, tan entregado, tan cariñoso, tan inocente, tan tontolhigo, y ella le hace eso, pero ¡habráse visto! Si uno del público comienza a abuchearla (hagamos el experimento, si hay ovarios), en breve se unirán otros, será la mujer más odiada en las escenas europeas. No habrá simpatías más que para el verdugo, ¡oh, gentilhombre de bien!

Me niego a aceptar esto como comedia. Es un ejercicio de abuso, de sexismo, de perpetuación de comportamientos inaceptables, de transmisión de valores equivocados, de hipocresía, de aceptación y celebración de la mentira, de ignorancia del daño que se hace a tantas y tontas personas y un largo e ignominioso etcétera.

Quiero ver a las audiencias riéndose al ver los papeles invertidos, deseándole a la mujer que al final todo se le solucione, mofándose de un marido que sea generalizable por ser idiota (y es que idiotas somos todos, llegado el caso). Eso no va a pasar y nadie considerará a tal obra (cuando la haya) como una comedia real, y entre tanto yo ya no quiero ver más obras calcadas unas de otras.

Una infidelidad puede ser una comedia. Por lo general, tiene más visos de tragedia para la persona que tiene que cruzar puertas demasiado bajas para la longitud de sus cuernos. Que eso duele. Y como cuernos tenemos la inmensa mayoría de los que alguna vez hemos salido con alguien, seamos hombres o mujeres, al que no le duela, que se ría si quiere. Pero que no espere que alguien con inteligencia le siga, porque por las puertas que el riente bloquea con sus ignorantes astas no se va a ninguna parte.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Adiós a una bici

A veces hay que saber decir adiós. Y mira que yo hoy iba con el presentimiento, que debería ir a la sauna andando, que si no debería llevar la bici vieja, que si ese candado era lo suficientemente bueno... Y parece, además, que anda la peña revolucionada robando bicis. Como si todo fuera poco, mi bici parecía tener un atractivo especial (ya me la han intentado robar o dañar varias veces, y ahora, además, hay unos cuantos que deseaban que yo no pudiera ir en bici, gente de envidia mala).

Pues no fue suficiente aviso todo eso, y ¿tonto de mí?, dejé la bicicleta candada, bien atada al aparcamiento de bicis. Salgo de la sauna y la bici no está.

Ni el candado.

A unos metros, un montón de bicicletas, unas candadas, otras sin candar, pero sin atar ninguna a ningún sitio (vamos, candados de no poderte ir montado en la bici, pero de podértela llevar a hombros o pinada o sobre una rueda), algunas claramente mejores que la mía. Pero se llevan la mía, en un día que he andado de migrañas y bajones.

Y el bajón se fue con la bici.

El primer sobresalto me dejó en blanco. Un amigo inmediatamente sacó el móvil para llamar a la policía, y ya reaccioné, llamé yo. Acabamos riéndonos el agente y yo, y todo (no le salía pronunciar mi nombre y me dio por contestar bien y al tiempo con gracia a algunas preguntas). Una conocida que pasó por allí me ofreció regalarme una bici que tenía en casa que no utilizaba. Un amigo me acompañó hasta la comisaría y luego me llevó en coche a casa, mientras veía todo desde un punto de vista positivo que yo compartía al 100% (de hecho, él intentaba consolarme... y yo pensaba que me estaba leyendo el pensamiento, porque realmente me sentía en positivo).

El ladrón se ha llevado una bici que no costó tanto y cuyo valor económico, después de 6 años de tute a tope y mantenimiento cero, se ha reducido bastante. A cambio, el ladrón me ha dado mucho, muchísimo. Lo que pongo aquí no es nada. No sé si encontrarán la bici o no, pero de momento, yo me alegro de no haberla visto al salir de la sauna. Que peor era la "fortuna" que me esperaba en el camino de vuelta a casa y la esquivé por ir en coche :)

Hoy ha sido un gran día.

Adiós, bicicleta querida. Gracias por tantos paseos, por tantos encuentros facilitados, las excursiones, los arándanos, las ideas musicales y literarias que se me ocurrieron sobre tu sillín, las alegrías que di a tanta gente, el deporte que hice, el dinero que ahorré, las compras que hicimos juntos, las caídas, las chupas en tantas tormentas, los fríos y calores. Gracias por servirme de trípode y de conejillo de indias, y por haberme ayudado a conocer mundo y naturalezas humanas más o menos dignas de recuerdo. Ojalá seas muy feliz allá donde vayas y sepan valorarte como yo o más. Y que termines en las manos de alguien que te necesite más que yo.

Hasta siempre.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Visitas


Algunas visitas llegan a tu casa a violentarla. Parece que no han entrado y ya han visto toda la casa sin que a ti te de tiempo a decir que no quieres que esa puerta se abra. Hasta los armarios por dentro, si te descuidas. Apoyándose en cualquier cosa que te impida contestar a gusto (es tu jefe, o tu abogado, o tu médico, o tu suegra, o un policía, qué se yo), sacan su Míster Hide más horripilante y te miran hasta el cajón de la mesita de noche. Y entre eso y los comentarios, cuando se van, sólo quieres llorar. Te sientes sucio, utilizado, deshonrado, inútil, indigno.

Esas visitas abusadoras no son necesariamente coincidentes con las que vienen para encontrar algo que criticar. A este segundo tipo lo detectas ya sin que vengan a tu casa, no necesitan sacar su Hide - basta con oírles hablar de las casas que han visitado y darse cuenta de que ponen a todo el mundo pingando, y sabes que tú no vas a ser la excepción: tu casa será la misma cutrez que la del resto de sus familiares, amistades, conocidos y vecinos. Faltaría más.

Corolario: Cuando alguien viene a verte por quinta vez y se mete en tu dormitorio, sin pedirte permiso, para ver la vista desde la ventana, vista que ya conoce, no ha ido a verte a ti. Ha ido a fisgarte.

Luego están los que se esfuerzan por ver algo bonito en tu casa, pero no les sale. Y cuando ya hacen mucho esfuerzo, dicen algo así como "Me gusta este sitio para un jarrón". Ya. Pero no para este jarrón, ya me he dado cuenta. Estas visitas son prácticamente inofensivas, uno preferiría que no dijeran nada, pero frente a los tipos anteriores, son unos benditos. Y casi con toda probabilidad, te hablarán de lo bien que les atienden en tal o cual casa cuando van. No es por hacerte sentir mal. ¿O sí? El caso es que sabes que igual de bien hablarán a tus espaldas, aunque delante tuyo pongan sonrisa de comelimones.

Hay gente que viene a tu casa, abre la nevera, se sirve un vaso de algo, guarda la botella, tú lo ves y sientes un calorcito por dentro, casi hasta un placer, porque sabes que la persona lo hace con confianza, y que tú en su casa podrías hacer lo mismo. Hay otra gente que viene a tu casa, abre la nevera, se sirve un vaso de algo, guarda la botella, tú lo ves y sientes pena por esa persona, porque sabes que no lo hace con confianza, sino aprovechándose de que tú se lo permites o que no dices nada (que para el caso). Dos personas realizando la misma acción, pero que no están haciendo lo mismo.

Hay gente que viene a tu casa y buscan inspiración, ideas, algo que halagar. Tengo que decir que, normalmente, cuando voy a un sitio por primera vez, yo soy de los que buscan ideas. No veo si hay desorden o no, porque no me interesa. No veo si está la vajilla sucia. No veo si tienen una tele último modelo. Me interesa cómo puedo vivir mejor, tener una vida más cómoda, un espacio más acogedor para mí y los que quiero... Cuando viene alguien así a mi casa, se lo noto en los ojos, en el cambio de tono al hablar, en esa aproximación física, una casi veneración que les impide atreverse a tocar eso que les gusta... No sé si yo pondré la misma cara cuando algo me gusta, pero a los que me visitan y son así, se les nota.

Y luego están las visitas que vienen a verte, y tienen ojos sólo para ti. Entiendo que a todos nos puede la curiosidad, más o menos (hay veces que, realmente, ver a la otra persona es tan emocionante que, aunque estés por primera vez en su casa, no sabes ni en qué espacio has estado, si salón, cocina, balcón o cuarto de baño). ¿No os pasa a veces, que vais a ver a un pariente o amigo y, aunque miréis en todas direcciones, no veis nada porque estáis más centrados en la persona, en cómo se siente, en qué le preocupa, en lo que te va a contar?

Como cangrejo, me identifico con mi vivienda. Es una extensión de mi ser. Me tomo muy en serio aquello de que la hospitalidad es un concepto muy complejo, y que no se debe ofender al hospitalario, porque está confiando en ti. Eso mismo exijo a los que me visitan. Aunque tenga la casa desordenada (como suele ser habitual), prefiero que la gente me critique por falta de cuidado que por falta de hospitalidad. Claro que hay excepciones: a alguna gente no le doy la oportunidad. Y es que hay visitas que no deberían producirse nunca, so riesgo para la salud de los habitantes de la casa visitada. Que el que luego se queda en mi casa viviendo soy yo, y no me apetece chuparme las malas energías de nadie.

¿Y tú? ¿Qué tipo de visitante eres?