Ayer me volvió a la mente el tema de la ilusión. Había quedado con una de las personas que más quiero. Tenía mucha ilusión por verla. Hacía un día fresco, pero había llovido por la mañana, por fin, después de varios meses, y era una delicia respirar. En esas, me llegó un mensaje, anunciando un retraso de diez minutos.
Pensé en Pedro Páramo, el personaje de Juan Rulfo, y sus promesas, ésas que no pensaba cumplir ya antes de pronunciarlas, y en cómo esas promesas no-se-cumplirantes van aportando, granito a granito, la montaña de arena de la falta de esperanza de la población. ¿Por qué? En mi opinión, ello es porque son pronunciadas desde la posición de poder de Páramo, y porque su naturaleza de promesas que jamás se cumplirán es de sobra conocida por aquéllos que escuchan.
En otras palabras, inclúyase en un libro de Recetas para matar la ilusión.
Sin embargo, la situación de ayer era bien diferente. Ayer yo sabía que iba a venir. Sabía que no era una promesa vana, sino una oportunidad para prolongar una de los regalos más hermosos de los que disfrutamos los seres humanos: la ilusión. Yo tenía diez minutos más de magia, quizá quince, pero no iba a sufrir ninguna decepción y lo sabía. Y para colmo de bienes, en mis ojos hacía un día perfecto para esperar.
Después de más de 20 años de no oírla ni tocarla, resonaba en mis oídos, fresca, hasta el último detalle, aquella canción, escrita entonces con otro ánimo, titulada "Me gusta esperarte".
Y es que no sólo el enfado me lleva a escribir. La ilusión también hace milagros.
Mostrando entradas con la etiqueta motivación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta motivación. Mostrar todas las entradas
domingo, 19 de febrero de 2017
viernes, 28 de octubre de 2011
Por la personalización al hombre-masa
Ayer estuvimos en el taller de té, hablando de personalización. De la de objetos. Que si te ponen tu nombre en una camiseta, en un bolígrafo, tu fecha de nacimiento en un llavero, la cara de tus niños en el móvil...
Y me acuerdo del trato personalizado que recibía mi madre de telefónica, cuatro años sin ADSL teniéndolo todos sus vecinos.
La diferencia es que, en el segundo caso, hay un trato discriminatorio que perjudica. En el primer caso, sin embargo, el personalizado se ha transformado, por arte de birlibirloque personalizatorio, en una despersonificación personificada. No es más que un personalizado más. Y se cree mejor y más guay por haberse gastado más dinero que otros en que unos terceros le pongan gráficamente su vida en todo lo que lleva encima.
Quizá, después de todo, el “personalizado” no haya hecho más que demostrar que se merece el título de “despersonalizado”, de hombre-masa, por no haberse sabido personalizar sus propios objetos sin intervención ajena. Y encima, irá luciendo su descerebramiento como antes íbamos (y vamos) luciendo marcas y haciendo publicidad gratuita a todo chichirimundi.
Quiero creer que es mejor esto, por “voluntario” (entorno obliga), que el trato de desfavor que le hacían a mi madre – quien, después de todo, ya tiene ADSL (porque todo el mundo lo tiene, no se puede vivir sin él, y etc etc, entorno obliga). Y a pesar de eso, creo que la discriminación negativa tiene algo de positivo, por cuanto te obliga a pensar, te acostumbra a la vida sacrificada, puede volverte creativo. No digo que sea algo deseable, sino que nada es absolutamente despreciable, y todo tiene su sentido, más o menos patente.
En cuanto al internet, si supierais la semana tan fantástica que me he pasado sin internet ni móvil... Así que, que no os extrañe si no me veis en temporadas muuuuy largas por internet. Tengo demasiada vida que vivir.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)