martes, 27 de enero de 2015

Tres de tecnología

Telecnología frente a gafas rosadas
La televisión y las redes sociales tienen en común que son formas de evasión: uno cierra los ojos frente al desorden (ya sea éste en sentido literal o figurado) e, inconscientemente, confía en que, cuando los abra, habrá venido Mary Poppins y todo estará en orden. O si lo prefieren, ponen la tapa al cubo de la basura y creen, inocentemente, que la próxima vez que levanten la tapa, el contenido habrá desaparecido por arte de birlibirloque. Y es un poco como ir a la ópera o al fútbol, si me apuran y permiten, y salvando las distancias, claro.

Las gafas rosadas, por contra, implican un cambio de actitud. No significa que no veamos el desorden o el cubo lleno: vamos a verlo, y vamos a saber que tenemos que ordenar y que vaciar el cubo. Al mismo tiempo, evitaremos montar dramas innecesarios y cargar al personal con esa basura que rehusamos tirar. Nuestra basura nos gusta. Sí, tendremos que despedirnos de ella algún día, si no queremos que, como dice Toño, un día aparezca vida inteligente allá dentro. Lo sabemos. Y ese día, montaremos una fiesta de despedida, gue bara essso denemos esdas gafas dan shulas. Sin amargar la vida al prójimo.

Valga eso como introducción.

Tele frente a redes sociales
Hace cosa de año y medio, nos presentaron en una reunión una serie de hechos demostrados por varios estudios, según los cuales, pasar mucho tiempo en redes sociales provocaba una reducción en la cantidad de materia gris del cerebro. ¿Ya os estáis riendo? No me extrañaría. Yo no me reí en su momento porque me pareció más absurdo que ridículo, y ello por varios motivos, relacionados con el seguimiento de la televisión:
  • ninguno de los estudios que yo comprobé mencionaba la presencia simultánea de otros factores posibles, como un seguimiento de varias horas al día de televisión
  • mientras que al seguir un programa en televisión, nuestra mente está mayormente pasiva, en las redes sociales estamos interactuando, léase, que nuestra mente está activa
  • přece jen (= después de todo), en las redes sociales nos estamos comunicando, luego tendría que ser igual que si quedamos para tomar algo con alguien, poco más o menos (al menos en cuanto a actividad cerebral)
Pero ¿seguro que todos estos puntos son tal cual parecen a simple vista? Veamos algunos de los puntos en los que se distingue que dediquemos nuestra mente a internet y/o redes sociales en vez de a esa televisión que tanto aborrezco:
  • brevedad: uno se acostumbra a la comunicación extrabreve, nada de ver una película entera (que ya es mucho más breve que leerse un libro) o un documental; esto nos afecta cognitiva y mnemónicamente;
  • el contenido en internet es, mucho más que el televisado, nuestra opción, por mucho que cambiemos de canal y por muchos canales de los que dispongamos; y también es una posibilidad por la que optamos mucho más fugazmente - léase, nos cansamos en seguida (y vuelta al punto de la brevedad, aunque en este caso no me refiera a comunicación);
  • "está escrito": eso significa que nuestra memoria relega al papel en lugar de sobrecargarse. Esto, que inicialmente es una ventaja en una sociedad con demandas crecientes a la memoria (a corto y largo plazo), supone que perdemos la costumbre de memorizar (había puesto recordar) información relacionada con las personas con las que tratamos, porque confiamos en el papel para que nos lo cuente;
  • posposición: cuando vemos información que nos interesa (entradas, tuits, comentarios, artículos, fotografías, vídeos, noticias), lo dejamos para otro momento, en lugar de aprovechar el momento, la oportunidad que tenemos. Esto altera nuestra percepción de la realidad, porque se convierte en fragmentaria, entre otros (no vemos el documental hasta el final, por así decirlo); además, nos convencemos de que no tenemos tiempo ahora mismo, cambiamos constantemente nuestras prioridades de atención en detrimento de la profundidad, del análisis, de la reflexión; no es menospreciable el efecto que pueda tener sobre la angustia o la depresión;
  • multitarea amplia y semejante, o pluriequimultitarea (polyequimultitasking, široko-rovno-multitasking): mientras vemos la tele, podemos leer, tricotar, tejer cestos de mimbre, planchar, hacer pilates, comer pipas o dar un masaje, por citar algunos ejemplos. Lo que sí que no haremos será cinco tareas a la vez. Por otro lado, uno puede navegar, y jugar, y leer, y estudiar varias materias, y chatear con varias personas a la vez en cada uno de los tres servidores de comunicación a los que está conectado - con la atención puesta en cada una de las tareas, que son excluyentes, cada una de ellas, de tricotar, tejer cestos, planchar, hacer pilates, comer pipas o dar un masaje, por citar los mismos ejemplos de antes. Algo me dice que la bitarea es más productiva para el cerebro y permite alcanzar mayores cotas de rendimiento y profundidad cognitiva que la que yo he llamado aquí pluriequimultitarea (para distinguirla de otras multitareas o de una bitarea) - más en en siguiente punto;
  • referido aún al punto anterior, las tareas físicas realizadas frente al ordenador se basan en estar sentado, teclear, pinchar con el ratón; frente a la televisión, pueden ser más variadas (jugar un solitario, correr sobre el terreno, estar tumbado, estar sentado, estar de pie... la motricidad fina se puede aplicar a tareas diferentes, y probablemente se aplique, aunque sólo sea para rascarse el higo o hurgarse en orificios cefálicos varios). Vamos, que hay una reducción en la diversidad de las tareas motrices.
Es cierto que alguien que se pase cinco horas diarias viendo lo que echen tendrá, con toda probabilidad, cierto deterioro de su materia gris. Desde mi punto de vista, existen razones para pensar que lo mismo le puede suceder a alguien que use internet en exceso. Y estoy por pensar que el umbral de ese "exceso"está mucho más cerca de la cotidianeidad del europeo medio de lo que queremos reconocer. Habiendo dicho eso, creo que, como en todo, lo mejor es la moderación (en caso de duda, moderarse aún más) y, por supuesto, buscar la variedad en la vida en el más amplio sentido de la palabra.

Ni que decir tiene que no se puede comparar un chateo con un quedar para tomar algo, y no creo que nadie lo ponga en duda - pero por si acaso, escribiré sobre ello también (eso sí, ya en otra bitácora).

Tecnolozombis
Creo que el reciente éxito de películas y novelas sobre muertos vivientes tiene, entre otras razones mencionadas en otras bitácoras (de otros grumetes) o en algunas reseñas (de otros críticos), un motivo añadido, y es que nos sentimos identificados con ellos. Vamos por la calle con el cerebro desconectado, mirando la pantalla que tenemos delante. Nos hemos chocado con algo, o con alguien, qué más da. Pero hete aquí que era un interfecto, y nos dice que parecemos un zombi. Léase, un muerto. Léase, alguien con encefalograma plano. Léase, alguien con muerte cerebral, o con un cerebro muerto, o... ¿Nos está llamando idiotas? Y en ese momento, no nos damos cuenta de que el engendro somos nosotros, sólo vemos que pertenecemos a especies diferentes y nos lanzamos a devorarlo. Quizá esto sea más para La invasión de los ultracuerpos (con Donald Sutherland) - bueno, creo que era ésa la película... pero seguro que sabéis de lo que hablo. Por eso no llamamos sublelo al empantallado que nos acaba de atropellar: sabemos que es comprar la única papeleta en una rifa de improperios o más.

La tecnología nos acerca a la nube, pero nos aleja de la gente a nuestro alrededor. Ya hace un par de años que procuro no realizar llamadas cuando voy por la calle, ni mirar el móvil a menos que sea algo urgente (claro que urgente es un vocablo asquerosamente subjetivo, y para cada uno el umbral está a un nivel diferente, por no hablar del número de casos que puede incluir). Recibo llamadas, pero procuro no hacerlas. Y no mando mensajes, ni caminando ni parado ni sentado, si puedo evitarlo. No me gustan. Los mismo se aplica a la guasa, o whasá, whatsapp o similares. Sé que todos lo tenéis. Yo necesito menos tecnología, aun a riesgo de reducir el contacto con gente a la que quiero mucho, mucho, mucho.

Hace años ya que procuro dejar el móvil en casa cuando salgo. O lo desconecto (por ejemplo, cuando tenía una cita, qué tiempos, aquéllos). Hay gente que se enfada, porque intentaron llamarme y no pudieron. Peor para ellos. El que quiera, que se enfade, que igual no me puede llamar para contármelo y yo seguiré tan feliz. Después de todo, no hace tanto que los teléfonos eran todos fijos. Y así, si voy por la calle, miro el paisaje, saludo a mis vecinos y me paro a hablar con gente (¡oh, bici, tan a tiempo que te robaron!), hago fotos o las encuadro con mi mente sin sacar la cámara (imaginación al poder), me dedico a pensar, a rezar, a ver formas en las nubes, a contemplar a Betelgeuze antes de que desaparezca, a identificar olores, y también, cómo no, a esquivar a los tecnolozombitos. Y a reírme de ellos. Faltaría plus.


Corolario
(ya ando cansado, iba a haber escrito colutorio - y ya me entró la duda de si estaré usando adecuadamente la palabra corolario o debería ir direZtamente a por conclusión)

Llevo ya una temporada alejándome cada vez más de las redes sociales. Por todos los puntos arriba expuestos, y por otros más que iré añadiendo, y porque eso de ser excéntrico me ha molado desde que describieron a Cruella de Vil como un poco excéntrica (me encanta su pelo), y porque me parece super-excéntrico salirme del tecnocentro, pues anuncio que, a fecha de hoy (26 de enero de 2015, cumpleaños de Bea), mi presencia en las redes sociales va a reducirse aún más, hasta convertirse en meramente esporádica, puntual, irregular, indigna de mención y anecdótica, como poco. O como mucho.

La excepción necesaria será la de las páginas web donde presente mis pensamientos o mis trabajos (si es que las podemos llamar redes sociales) y, por necesidades burocráticas y cardíaco-emocionales, el correo electrónico. Al resto, desde hoy las denomino redes asociales, porque, nos guste o no, es en lo que tienden a transformarnos, con mayor o menor éxito. Habrá quien diga que a él, a ella, no los afecta - enhorabuena, sin sarcasmo, seguro que es posible, ojalá sea eso válido todo el tiempo que queráis. Y sí, he recuperado el contacto con algunos amigos gracias a las redes sociales, y me alegro de haber recuperado ese contacto en muchos casos, o de haber mantenido otros. Y sí, voy a echar de menos a gente. Ahora mismo estoy echando de menos mirar a unos ojos amigos que, a su vez, estén mirando a los míos. Sin pantallas mediando.

Y las voces queridas, entre otros, también las echo de menos. Pero eso ya va para otra bitácora.

Repito: qué lejucos que está Santander... :( :( :( ¿Cuándo hacemos una mani para pedir el vuelo Budějovice-Parayas sin escalas y subvencionao?

miércoles, 31 de diciembre de 2014

A última hora del 2014

He tenido uno de los años más productivos de toda mi vida, y el número uno desde hace al menos 15 años. He escrito cientos de páginas, entre ensayos, bitácoras, cuentos, aforismos propios, poemas, canciones y otros trabajos. Además, he hecho cientos de dibujos. He avanzado en cinco instrumentos musicales (hablo de producción, no de creatividad - todavía no). Y muchas otras cosas que no voy a enumerar porque no tengo tiempo.

Además, ha sido uno de los años más creativos de toda mi vida, tanto en número de obras (léase el párrafo anterior) como en la diversidad de campos (escritura, composición musical, marquetería, fotografía, gastronomía, administración de espacios, diseño de varios tipos, y un largo etcétera). Todo ello, además, acompañado de un cambio en la forma de percibir las cosas, tan, pero tan amplio, que me llevaría horas describirlo, y ya lo tengo apuntado en otro lugar.

Ha sido un año de avances personales, académicos, laborales, artísticos, físicos. Tantos y de tal magnitud, que no me puedo creer que haya pasado sólo un año.

El 2014 ha tenido su lado triste: las despedidas definitivas.

Y sí, claro que hay cosas menos positivas (o más discutibles). Al respecto de ésas, tengo que mencionar algo que me dijo Zlatana una vez, y es que soy hombre y no puedo hacer dos o más cosas a la vez. No sé si tiene razón o no, pero me resulta más cómodo y práctico dársela y centrarme en una sola cosa - en este caso, en lo que de positivo ha tenido el 2014. Para mí, ha sido un año de 13 meses (véase por qué en bitácoras anteriores). Si me centro en las cosas malas, sería uno de los peores años de mi vida. Pero no le voy a dar ese gustazo a nadie. Ha sido, al contrario, uno de los mejores años de mi vida, hasta ahora, si no el mejor.

Y es que a partir de ahora, los años sólo serán mejores y mejores.


No ha habido pasos equivocados, ni los va a haber. Lo que a alguno pudiera parecerle un paso atrás, sólo es otro paso dentro del baile de la vida. Lo peor que podría hacer sería quedarme parado, y no tengo tiempo ni ganas para detenerme. Que siga la fiesta. Y el baile. Quien quiera bailar conmigo, le doy la bienvenida. Quien quiera bailar en soledad, me parece fantástico también. ¿Quién me concede este baile?

Sobre los necios

¿Qué formas conoces de ahorrar (más) gastando lo mismo? ¿Cómo se puede realizar una comunicación entre galaxias en tiempo real (léase, mandando la información a una velocidad mayor que la de la luz)?

Son dos preguntas que parecen indicar que me he dado un mal golpe, ¿verdad? Pues sigue leyendo.

Recuerdo cuando estaba trabajando en un pequeño estudio sobre la energía y su uso por las comunidades humanas. Unos cuantos se reían de mí, o me descalificaban en tono serio y paternalista, que yo estaba equivocado. En todo, básicamente. Lo más benéfico que oí fue algo así como "tienes que trabajarlo más, porque así no está bien". Hubo partes que se ignoraron, otras que se me discutieron, otras que se echaban abajo y punto. Una de las cosas que ponía era que no existe ninguna energía limpia (de las transformadas), y que no es sostenible buscar formas más efectivas de "producir" (léase, transformar) energía, sino formas de reducir el consumo. Había muchas otras ideas relacionadas con éstas. Como no encontraba apoyo entre aquellos a quienes consultaba, y yo creía que no andaba tan desencaminado, simplemente y por mis narices, lo publiqué, dentro de mi libro "Marchita a cuatro romanos, al revés".

Al poco, ya estaban algunos diciendo que yo se lo había explicado de otro modo, que así, puesto en papel, era diferente. Perdona: ya te lo había enseñado tal cual, sin cambiar ni una coma, en la pantalla del ordenador: vete a otro con el cuento de que tú llevabas pensando lo mismo desde hace lustros.

La mayoría sigue diciendo que no sé de lo que hablo. Por suerte, empezaron a surgir voces autorizadas diciendo cosas parecidas: que hay que reducir nuestras "necesidades" energéticas, y no aumentar la producción. Así que yo sé lo que me digo, y sigo esperando como araña en la tela a que venga la gente a decirme que siempre me habían apoyado, O que me lo dijeron ellos a mí, O que eso es algo que lleva apareciendo en los medios de comunicación desde las Tablas de la Ley, etc.

Así es que tiro otras: ¿formas de ahorrar gastando lo mismo? ¿comunicación intergaláctica en tiempo real?

Ambas son posibles. Ahora, ¿quién va a tirarme piedras? ¿quién va a decir que se lo inventó él/ella? ¿quién va a decir que eso ya es harto conocido todo? ¿quién va a decir que no sé de lo que hablo? Por favor: estamos en internet: si YA lo ha dicho alguien, mandadme los enlaces, que no me apetece perder tiempo diciendo algo que ya hayan dicho otros. Cuando lo tenga publicado con su ISBN y mi nombre en la primera página ya no me va a interesar nada de lo que tengáis que decir al respecto.

domingo, 21 de diciembre de 2014

De hechos y hacedores

Una de las cosas que me gustaría hacer de forma automática y que aún no he aprendido bien es a juzgar los hechos, y no a los hacedores. O, en terminología cristiana, el pecado y no al pecador.

No, no me considero cristiano ya desde hace unos cuantos años. Eso no significa que no admire ni tome como ejemplo la figura de Jesús de Nazaret, que me parece un patrón de conducta muy bueno. Y así, cuando oigo comentarios sobre la matanza en Pakistán, me pregunto qué habría dicho Él. Supongo que si dijera aquello de "el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra", lo habrían linchado.

Y lo cierto es que algunos comentarios en algunas conversaciones me han llevado a pensar acerca de cuán libre de pecado estoy yo. Dicho de otro modo: ¿cuántos niños inocentes mueren en el mundo por mi culpa? Claro, yo no ordeno ninguna matanza ni aprieto ningún gatillo; pero tanto desde la perspectiva de un existencialismo cancriano ("seguro que es culpa mía") como desde la de un bagaje cultural católico ("pecar por omisión"), desde el momento en el que obre en mi poder el conocimiento de mi parte de culpa, el no hacer nada me convertirá en cómplice.

Sí, condeno la matanza. Sí, aunque no soy juez ni soy Dios, condeno a los carniceros. ¿Contento, querido lector? Sin peros ni aunques ni sinembargos ni noobstantes.

Además, quiero confesarme.

Hoy estaba pensando en comprarme una cámara digital nueva. Supongo que nadie espera que justifique esta decisión, porque en nuestra sociedad actual, querer es adquirir y punto. Nuevamente, un deje cancriano me lleva a explicarme: que si tengo un proyecto publicable en mente, que si mi cámara vieja está para el arrastre, que si trabajo mucho y tengo derecho a darme un capricho, etc. Ahora bien, durante la comida salió el tema y salió la acusación y el veredicto (con el que estoy de acuerdo). Otólicamente hablando, el juzgar un hecho me lleva, necesaria y moralmente, a analizar hasta qué punto no estaré yo cayendo en lo mismo. Y pensé en la cámara de fotos, y en su digitalidad, y en que esa digitalidad está basada en componentes electrónicos, a su vez basados en coltán, y que el negocio del coltán está, a su vez, basado en el Congo, provocando una guerra que lleva varios millones de muertos y ni se sabe de refugiados...

Éste es el conocimiento de mi parte de culpa. No necesito una cámara nueva. Mi derecho a un capricho no puede quedar por encima del derecho de otros a una vida tranquila y segura, o de su mero derecho a seguir vivos.

¿Estoy exagerando? ¿Llevando las cosas a un extremo? Quizá. Yo no voy a juzgar a quien se quiera comprar todos los cachivaches electrónicos que le plazca, sin pensar de dónde vienen ni qué consecuencias tiene para otros seres humanos, renovando su parque electrónico al ritmo de todas las modas. El hecho, en sí, sí que lo juzgo: me parece demasiado inmoral para tener cabida en mi vida. El que lo quiera hacer, que lo haga. No creo que una persona sea inmoral por hacer algo inmoral: todos cometemos errores, y algunos son muy gordos. Quizá sea "amoral en ese aspecto". O no. No me interesa. Me interesa tan sólo cómo afecta esto a mi vida.

Tanta y tanta gente se queja de que sus niños juegan con móviles y con consolas y con tabletas y con drones y con la madre electrónica que los parió. Y como el victimismo mola, les compran más y más, para poder quejarse todavía más. No quieren saber. Están en su derecho. Yo tampoco quiero escuchar victimismos y estoy en mi derecho. Dame un victimismo y te daré conocimiento. No te llamaré inmoral, pero tú me llamarás radical, pese a que yo te dejo vivir como tú quieres y sólo me defiendo de tu lenguaje negativo.

Es una pena que no hables la lengua de Cervantes. Quién sabe. Igual este texto sirve para abrirle a alguien los ojos. O para que yo me dé cuenta de que estoy equivocado de principio a fin.

De momento, ya he sacado el cubo de la basura y puedo ponerme a trabajar en algo más entretenido y más positivo.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Felicidad algebraica

Datos:
Hoy hace x años que me dieron las llaves de mi piso. También hace 3x años que descubrí que la felicidad existía, y que decidí que iba a hacer todo lo posible por ser feliz. En número de años, media vida... Mis dos sobrinas mayores tienen juntas x años, y el día que la mayor cumpla x años, yo tendré tantos años más como tiene hoy la segunda. 
Con 4x años se me cumplió otro gran sueño, que fue volver . Y como parece que me enamoro fatalmente cada vez que cumplo n·x (∀n>1), pues la que se avecina.
Pero ahora sé que la felicidad existe y que me persigue y la persigo en un círculo sin salida. Para qué resistirme, si es mi sino.

Pregunta:
¿Cuántos años llevaba España de democrashia cuando me enamoré por primera vez?

Entre los participantes, se sorteará (quizá) un paquete de chicles sin azúcar ni aspartamo. A ver cómo tengo la economía de aquí a que cumpla x2 años, que será cuando termine el plazo para participar.


domingo, 16 de noviembre de 2014

Castillos de naipes

Pues hete aquí que de pronto me descubro haciendo tan intencionada como inconscientemente algo que, quizá, todos deberíamos hacer de forma consciente, o no, pero que de seguro todos hacemos muchas veces sin querer, y es poner a determinada gente a prueba.

Y es que hay gente que, sin saber por qué, sin darte directamente yuyu, te ponen una lucecita roja, tímida, casi invisible, casi acallada a la vista de la sonrisa ajena, pero que te dice que no puedes invitar a esa persona a tus castillos en el aire. Que no la puedes hacer partícipe de tus sueños y tus logros, porque, lo sabes, tendrá la capacidad de robarte la ilusión, desencantarte, quitar importancia a todo lo que haces, mientras te dicen lo contentos que están de verte y haberte visto y lo que valoran tu amistad.

Tú sabes que eso puede pasarte. Y sin darte cuenta, como yo, les presentas tus castillos de naipes, los pones sobre la mesa, con toda, todita tu ilusión, tu confianza en esa persona. O eso crees. Y la persona, de un manotazo cargado de "buenas" intenciones, o de malas o por catalogar, te tira el castillo entero. Y la lucecita roja parpadea y te dice que la otra persona, seguramente, ve como un logro la desilusión que lee en tu rostro. Ese desencanto por haberte derribado el castillo de naipes.

Y la persona se ausenta nuevamente de tu vida y tú miras la pila de naipes. Pensativo. Triste. Y te das cuenta de que el desencanto no se refiere a tu castillo caído, sino a haber visto a la otra persona negándose a crecer. Y decides que es su opción y su vida. Recoges las cartas mientras tu ánimo se centra en seguir creciendo y, con una sonrisa, agradeces a la vida la oportunidad de que alguien te haya mostrado un punto débil de tus castillos en el aire... en una maqueta miniatúrica, sin dañar el castillo real.

Tus sueños están más a salvo que nunca, porque ahora puedes corregir un punto débil y, además, sabes a qué otra persona no debes mostrar los pasadizos secretos. Encontrará el castillo, claro, pero no podrá entrar.

Y tú seguirás surcando los cielos en tu castillo volador. El que quiera, que se haga el suyo. Y el que no, está en su derecho. A ti eso no debe afectarte. Ni podrá ya, tan alto que vuelas. No es egoísmo: les tendiste una escala y la rechazaron; les mostraste un castillo que se podrían construir y derribaron el modelo; les dijiste que tú eras feliz y se rieron y seguirán riendo.

Cuanto más alto subas, menos oirás sus risas tristes. Vuela. Mira los castillos que vuelan sobre ti y dirige el tuyo a esos parajes nubosos. Sé feliz, porque te lo mereces. Añade nuevas alas a tu castillo. Y cuando sepas de lo que hablo, sabrás que la felicidad existe para el que la desea de verdad.

Una fortaleza en tierra es defensa y es prisión. Un castillo en el aire te da libertad y un motivo más para vivir. Y para protegerte de los falsos amigos, construye, además, castillos de naipes.


lunes, 10 de noviembre de 2014

Creatividad y restricciones

A veces nos dicen que no hay que limitar en absoluto la creatividad de los niños. Se llega a afirmar que la libertad absoluta es mejor, que produce gente más creativa, más auténtica, más ingeniosa, mejor. Y que también produce mejores obras de arte.

Pues a mí me gustan los límites. Y estoy a favor de cierta censura. Pero vayamos por partes.

Hace unas semanas, Martina P. y yo hablábamos de que una de las dificultades de ser adulto independiente y capaz es... que puedes hacer demasiadas cosas. Parece ser que, para muchas personas, el tener muchas cosas para hacer les lleva a la apatía, al desinterés, al no-hacer-nada. Cuando se puede todo, cuesta decidir en qué invertir nuestro tiempo, cómo jerarquizar nuestras aficiones, nuestras posibilidades infinitas - que, en el mundo del aprendizaje, y del internet con todo-a-un-click-de-distancia, y en otros ámbitos, empieza a ser un problema serio para muchos. Si eso no te afecta, puedes seguir leyendo sin darte por aludido - porque, sí, también hay gente que sabe organizarse de forma natural.

(Breve paréntesis: tener muchas cosas por hacer es algo diferente y, aunque el resultado sea parecido, su problemática es diferente: en muchas ocasiones, cuando uno siente que tiene demasiado por hacer, se siente impotente y no hace nada).

Recuerdo una ocasión en que fui a comprarme unas gafas de sol. Llevaba mi presupuesto pensado y el tipo de gafas que quería. Entré a la tienda. Elección hecha en un minuto. Entonces el dependiente me dijo que ese par de gafas estaba en promoción, y que por el mismo precio podía llevarme tres pares diferentes. Me llevó casi media hora decidir los otros dos pares. Demasiadas posibilidades.

En ese sentido, las normas artísticas nos dan un espacio de comodidad que, por supuesto, podemos romper cuando queramos o necesitemos; pero que, en sí, constituyen una base sólida. Esas normas pueden ser formales (fugas, sonatas, conciertos; soneto, verso alejandrino), estilísticas (conceptismo, culteranismo), políticas (realismo socialista, apología de X, prohibición de mencionar Y), sociales (políticamente correcto) y, me imagino, un largo etcétera. Hala, ya tienes tu lago, nada donde quieras. Y como pez, siéntete libre de saltar fuera del agua. Lo mismo saltas a otro lago y descubres una nueva forma de ser "libre".

Personalmente, he descubierto que la prohibición a hablar de determinados temas, o de usar determinados recursos, me lleva a forzar mi mente. Me provoca. Me incita a buscar nuevas formas de decir lo mismo. Me excita la mente y me inspira. Ciertamente, no estoy a favor de una censura que me lleve a la cárcel o me corte la lengua por decir algo de una forma que el órgano que fuere no acepta. Pero la censura del público, de la audiencia, existe de todos modos, aunque no existieran de otros tipos.

Habiendo dicho esto, no estoy de acuerdo en aplastar la creatividad. Por lo que abogo aquí no es por una represión a la expresión, especialmente si viene desde fuera. Tan sólo quería poner una reflexión sobre las restricciones. A veces, las restricciones son en positivo: no se trata de prohibir hablar de algo, sino imponer (o imponerse a uno mismo) el que haya que hablar de algo, o utilizar un recurso, o unos materiales, unos colores... Son los detalles en común los que contribuyen a crear un estilo, y creo firmemente que moverse dentro de un estilo puede ayudar a fomentar la creatividad.

Cuando quiera que me he impuesto a mí mismo unas normas (aunque fueran muy básicas) para crear una canción, o una serie de canciones; un cuadro o una serie de ellos; una fotografía o una serie de ellas; un relato o colección de los mismos; en cualquiera de estos casos, no sólo he estado muchísimo más satisfecho con el resultado, sino que, en una gran mayoría, la acogida ha sido mucho mejor.

Y vosotros, ¿cómo os sentís con las normas a la hora de crear? ¿Qué pensáis de la Libertad Absoluta? ¿Qué pensáis de la censura? No hace falta que me contestéis a mí (aunque me encantaría saber qué piensan otros). Paraos a pensar un momento. Si veis que definiros vuestros propios límites os ayuda, ¡hacedlo! Si veis que os va mejor sin límites, ¡no os limitéis! Cread como mejor sepáis y disfrutad, que para eso estamos en el mundo.